jueves, 17 de junio de 2010

No es tan difícil...



Pensar que una muy querida y recordada maestra universitaria nos preparó prudentemente sobre los bemoles que conlleva la sacrificada, a veces desagradecida, pero siempre enriquecedora labor periodística.
Hay palabras que tienen su precio... lastimosamente, por ese lado, he pecado de derrochador pero con el tiempo aprendí a afinar el instinto para decir lo que se debe sin que ello perjudique a terceros.
No han faltado las ocasiones en las que tuve que defender mi trabajo el cual, aunque le falta mucho para que merezca un Pulitzer, cuenta con mi total empeño para que salga lo mejor posible.
“Con quién te enfrentarás en la siguiente ocasión”, me dijo un amigo que me repasó las veces en las que tuve que aclarar situaciones que acusaban a mis reportes de mediocres y ligeros... no hay por qué enumerar, mucho menos nombrar.
Mi punto flaco es la organización. Estoy trabajando en ello.
Pese a lo conseguido, no dejo de sentir un vacío por la gente que ya no veo o ni siquiera puedo saludar... a todos se los extraña, incluso a una persona que se alejó teniéndome en mal y erróneo concepto debido a malas percepciones que se le transmitió...
En mi trabajo un error recurrente ha sido encariñarme sobremanera con mis compañeros de trabajo. El primer caso fue una superiora, razón por la cual mi salida del aquel equipo fue por demás dolorosa... me juré que no volvería a caer en esa situación...
No obstante, estoy volviendo a pasar por un evento similar... lo triste es que se van de a uno. No me duele reconocerlo porque pude identificar las razones del apego hacia esas personas: su profesionalismo.
Algo de lo que me he jactado es que al momento de ejecutar mi trabajo no busco ejemplos sino referentes. Si me basara en el primer caso no pasaría de ser un imitador; en el segundo, encuentro un filtro a considerar para mejorar mi desempeño.
Y de aquellos referentes tengo varios... entre las mujeres he conocido la sensibilidad más allá del canal mediático; entre los varones, el léxico mordaz pero bien intencionado, por lo menos para quienes se lo merecen.
Es decir, unos cuantos metros más de grava para enterrar varios mitos del comunicador social, aquellos que endulzan las mentes de muchos incautos que pintan paisajes llenos de fama y reconocimiento de la sociedad... felizmente, mi motivo para ejercer esta profesión es distinto al de muchos.
Mi lealtad para quienes se fueron no varía... pero primero está mi lealtad a mi labor y con quienes la han respetado. Después de todo, los ahora extranjeros tienen capacidad suficiente para destacarse.
Por eso también soy un convencido de que el nivel de la problemática de una situación depende de cada quien... y por ello, esto no es tan difícil.

lunes, 7 de junio de 2010

El primer beso de Dalia



Me van a decir que soy un exagerado... que soy un paranoico... que soy celoso... y lo triste es que a lo mejor estén en lo cierto.
Estoy consciente de todas las circunstancias en que se dio el evento y que ninguna de ellas justifica lo que sentí... y sigo sintiendo. Mi pequeña, mi inocente y dulce florecita, le dio por acariciar con sus labios los de otro pequeñín, casi de su edad.
“Te tengo en la mira”, fue lo primero que dije tras lo ocurrido. La frase encerró una mezcla de sarcasmo, broma, soltura, celos más una pizca de seriedad... ¿Y qué más podía hacer? Sencillamente, nada más.
Fue inesperado... pero supongo que tenía que ocurrir algún día, si partimos del hecho de que Dalia es muy sociable y que gusta de regalar saludos a cuanta persona le inspire a hacerlo... es su secreto para cautivar a propios y extraños.
En casa, sale a recibir a todos: mensajeros, repartidores y cualquier peatón... y a todos les arranca una sonrisa... pero hasta el domingo 6 de junio de 2010, cerca de las 18:00, hasta ahí se limitaban las muestras de afecto para otras personas.
Paseando con mi esposa e hija por el Parque Forestal, me encuentro con una antigua amistad que estaba en similar plan de esparcimiento con su pequeño de casi 2 años. La saludé y le presenté a mi familia, tal y como es regular desarrollar un encuentro de esta índole.
Casi al mismo tiempo las madres dijeron a su prole que se saluden... lo más seguro es que el niño también cuente con mucho afecto dentro de su familia porque hizo lo que Dalia... estirar su diminuta boca para saludar... era inevitable.
Por mi parte, ya sabía lo que ocurriría y la escena transcurrió lentamente desde mi mente. El conflicto interno, entre el instinto que desconfía de todo y el consciente que siempre antepone la educación, duró unas centésimas de segundos pero fue tenaz... al final ganó el más ético.
Y pasó... los pequeños juntaron sus labios en un corto e inocente beso. Tras las bromas por el hecho y luego de despedirme de la amiga. Traté de desahogar a mi corazón que inevitablemente se estrujó porque la escena me recordó, una vez más,que mi nena está creciendo... linda y hermosa, y lo más probable es que en el futuro tenga muchos pretendientes.
Imaginar lo que puede venir con el tiempo me dio la pauta para desahogarme. “En el futuro, no podrá venir a decirme que tuvo su primer beso porque yo sabré que no es así”, dije. “Ay, David, deja el drama”, fue la respuesta de Tania... seguramente pudo ver más allá de la frase.
Pero no se puede discutir que fue un evento inédito... en el futuro tendré que aprender a confiar.

miércoles, 2 de junio de 2010

El pequeño de adentro



“Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero cuando llegué a ser hombre, dejé las cosas de niño.” 1 Corintios 13:11
Ese capítulo de las cartas de Pablo, en la Biblia, es como mi emblema. Sin embargo, no viene mal alimentar de vez en cuando a ese pequeño que muchos llevamos dentro... me atrevería a decir que todos pero la verdad no comulgo con el absolutismo.
¿Por qué no? ¿Acaso no debemos convertirnos en un infante cuando se juega con los hijos? ¿Acaso no hacemos bromas un tanto inmaduras para relajarnos? ¿Acaso no abrazamos a nuestros padres con la misma fuerza que cuando eramos pequeños?
No dejamos de ser niños, solo lo dormimos para asumir nuevos retos y responsabilidades y lo despertamos cada vez que queremos olvidar que hay un entorno que nos exige con vehemencia “que nos portemos como adultos”.
Paradójicamente, de niños buscamos ser adultos, ansiamos crecer y dar órdenes, independizarnos... utópico, siempre de algo seremos dependientes. Hasta algunos niños están obligados a hacerse adultos si su condición social así lo ¿exige?
Y puede que hasta que nazcan siendo tales. Tiempo de la anécdota: Me cuenta mi esposa que durante una diligencia en un centro comercial, Dalia había armado una pequeña figura con bloques la cual fue derribada por una niña. Mi pequeña hizo un gesto de furia contenida... pero no lloró. Sin embargo fue hasta la desconocida y la abrazó para luego, y al mejor estilo de la lucha libre, la derribó.
“Sigue nomás dejándola ver tus programas y juegos de Play”, me dijo Tania. Habrá que guiarla, desde luego, pero a mi parecer actuó en defensa propia.
Hay un tiempo en que no miden las consecuencias de sus acciones pero saben por qué lo hacen... se habla por experiencia, desde luego. Hasta cierto punto se extraña esa impunidad.
No es válido asesinar al infante interior y menos a punta de materialismo. Son nuestras bases, todo lo que se aprende en esta edad de alguna manera nos invita a la reflexión de los valores inculcados -sea por la vía que sea-.
Después de todo, es una herramienta útil para poder entender a las nuevas generaciones y transmitir lo bueno que conocemos.

lunes, 17 de mayo de 2010

El miedo no justifica los medios



Un día de compras con la familia. Esos sábados que se aprovechan para desconectarse de la casa y olvidarse por unas cuantas horas que hay obligaciones que cumplir en el hogar y trabajo.
Tratando de dar alcance a mi hija -quien a su año y medio de edad es muy impetuosa- en un centro comercial, me topo con una pequeña llorando y su madre. Dalia se queda viendo la escena, mientras yo escuchaba lo que la madre decía.
“Mira cómo la nena se te queda viendo porque lloras, y ella, más pequeña, no llora”.
Inevitablemente me acordé de una tira de Mafalda, en esa que la protagonista se topa con una escena similar a la mía y oyendo de un adulto casi la misma frase que escuché, más una conclusión: “Va a pensar que sos un llorón, ¿no es cierto, nena?”
“¡NO!”, la respuesta de Mafalda, “por suerte la nena tiene conciencia gremial”.
Qué ganas de responder a la desconocida que le hacía esa comparación a su hija.
Al día siguiente, una nueva píldora sobre cómo “educar” a los hijos. “Si no entienden, hay que pegarles”...
Desde mi propia situación, viví en más de una ocasión eso de las comparaciones y la violencia física. ¿Estos métodos han tenido relevancia en lo que he conseguido hasta ahora como esposo, padre o periodista?
¡NO!... Por suerte el esposo, padre y periodista tiene sensibilidad.
Por el contrario, no creo que los castigos por las malas calificaciones hayan cumplido su cometido. Si así hubiese sido, no habría existido la necesidad de repetirlo cada tres meses durante casi diez años.
Peor las comparaciones... como si todos tuviésemos la misma idiosincrasia, las mismas responsabilidades, los mismos talentos.
Hay mejores maneras de apelar y motivar la disciplina. No diré cuáles, no tengo intenciones de convertirme en baluarte de la paternidad. Mis métodos, como muchos, son susceptibles de mejora.
Sin embargo, dentro de lo citado, no creo en la violencia, física o verbal, como alternativa eficaz dentro de la tarea de impartir disciplina... o de demostrar “quién manda”.
Mi papi Marcos no tuvo necesidad de golpes o comparaciones para obtener respeto, por lo que creo en el poder de la palabra. Todos sus hijos son personas que se han superado en muchos aspectos.
¿Qué otros elementos se debe usar con los hijos? La respuesta es individualmente familiar. En el caso de mi abuelo materno, cuales hayan sido, el fin justificó los medios...
Y no los miedos.

domingo, 9 de mayo de 2010

Más alla del parto



¿Cuál sería el recuerdo más remoto que tengo de mi madre? Uno trágico, lamentablemente. Tendría cuatro años cuando se nos ocurrió, a mi hermano mayor y a mí, que jugar por el pasamanos del condominio donde crecimos era buena idea. Mi caída desde el segundo piso dejó a claras que no lo fue.
Por mucho tiempo soñé con esa caída... lo que rememoro después es que estaba en el hospital... y mi madre estaba allí.
Debo reconocer que no le hice fácil la tarea de criarme. Conmigo, dice ella, no tuvo dolores durante el parto. De hecho nací tan rápido que las enfermeras desearon que todos los alumbramientos fuesen como el mío... los dolores para mi madre, vinieron después.
Eso de la caída fue apenas un aperitivo -solo en cuanto a esas situaciones se refiere he contabilizado 3, la última a mis 20 años-. Los mayores dolores de cabeza se los di, durante mi infancia y adolescencia, por los estudios. Aunque el hecho de que entré a la escuela sabiendo leer le hizo intuir que tenía un coeficiente como pocos, fue precisamente ello lo que provocaba mi distracción durante clases.
Pese a eso, durante el sexto grado, me propuse revertir la situación por lo menos para salvar el promedio de primaria. Tengo presente la noche en que mi mamá llegó a la casa, con mi libreta de calificaciones en su mano, directo a darme un abrazo, con una enorme sonrisa, por las excelentes noticias que tenía entre sus dedos.
Si solo lo hubiera tomado como inspiración en la secundaria... de todas maneras algo se arrastró desde la escuela.
Pese a eso, mi mamá defendía ante todos que era inteligente. “Solo es vago para escribir”, decía. Pensar que con la escritura me gano ahora el pan de cada día.
Sus palabras a mi favor llegaron hasta el colegio donde estudié. Mi única riña en esos patios de secundaria, la provocó un buscapleitos que se metió con mi madre... nadie lo hace sin recibir una respuesta.
Durante la audiencia de los representantes de los involucrados, la otra progenitora aseguró que yo era el que seguramente provocó al otro. Mi madre solo tuvo que repasar cuándo, en los años de estudio, había tenido problemas de conducta -de hecho hasta diploma recibí por ello-. Al final la sanción fue para dos.
Después, hice cosas que sencillamente siento vergüenza en repasar. Todos en mi familia las conocen... una que otra amistad también. Pese a todo ello, mi mamá salió en mi defensa siempre...
“Mi hijo es periodista y trabaja en El Telégrafo”... Dice ahora hinchando el pecho frente a sus amigas y les ha asegurado incluso que llegué a editor. Le he dicho que hacerse cargo temporalmente de las páginas no me da esa atribución... pero igual lo hace.
Fue por el único que lloró cuando decidí abandonar el nido hace casi 3 años. Así me lo dijo antes de derramar lágrimas... llegó incluso a pedirme que viviera con ella y mi esposa.
Después, me convertí en su consejero. No todas las lágrimas fueron por mí -con buena o mala razón- y me halaga que me busque para ello.
Oficialmente desconozco lo que piensa sobre sus hijos -aunque cada uno lo intuye a su manera-. Cada uno le ha dado, en su medida, tanto satisfacciones como decepciones.
Pero lo que me quede de mis días no me alcanzará para mitigar tantos dolores y lágrimas.

domingo, 25 de abril de 2010

En mis 33...



Edad mística... según mi esposa. Especial, bíblica... los años que tenía Jesucristo cuando inició su ministerio. “Ojalá no te crucifiquen”, dijo por ahí un buen amigo, coqueteando con la herejía.
Sin ánimos de parecer más... así también lo espero.
Tania, asumiendo el rol de su carrera, me propuso que en medio de la reunión por el aniversario de mi nacimiento se me hiciera una entrevista.
“¿Y tú qué me preguntarías?”, le dije. “¿Cómo definirías estos 33 años?”, me contestó.
La respuesta fue compleja... tal y como mi vida.
A la mitad de los años que tengo (casi 17), no tenía siquiera la más remota idea de qué hacer con mi vida. Mi madre quería que fuese médico, mi papá abogado... opté por huir del futuro, de las responsabilidades.
Me negué a crecer... así de cobarde era.
Perdí tres años de secundaria tratando de hallar algo que me satisfaga... un indicio que me demostrara por qué estaba equivocado. A mí las cosas me gustan con pruebas, aún cuando del llamado de mi conciencia se trata.
No puedo decir que la respuesta llegó tarde... las cosas suceden por algo. Me convertí en bachiller de Ciencias Sociales a mis 20 años. Las asignaturas correspondientes a la especialización lograron aclarar mis expectativas sobre mi rol en la sociedad: Tenía que seguir una carrera que me permitiera defender intereses comunitarios.
Abogado o periodista... una de dos.
Solo entonces -con el panorama fijo- decidí lanzarme en búsqueda de quien tuviera la paciencia para tratar con un perfecto susceptible, dócil y alegre, con el mal hábito del ánimo caído tras un día pesado.
Para entonces había pasado por mi primera y única relación sentimental. Con solamente dos canciones dedicadas a alguna persona en especial. En mi situación, eso de las melodías con nombre de mujer tienen también un sabor bíblico: tuvieron que pasar 7 de ellas antes de conocer a mi esposa.
En los siguientes años entré de lleno a la socialización. Lo que no había hecho en casi dos décadas de vida... antes del cambio de siglo, pocas eran las personas a las que podía llamar amigo -incluso en este grupo había quienes mantenían el lazo a la distancia-.
Para cuando cumplí 26 años (2003) ya tenía el norte que no quería ver en 1993. Luego de un fallido intento en seguir el oficio de mi padre, opté por la carrera de comunicador social. Coincidentemente, fue cuando conocí a la madre de mi hija.
Pasaron casi 10 años.¡Una década!
Insisto, si mal fue un largo trámite para escoger un camino, tuvo su razón de ser. Después de todo, tengo un familia hermosa, amigos leales, y compañeros de trabajo que sacan lo mejor de sí... y de mí.
Ahora, como dice una canción, estoy sentado frente al sol sin nada que ocultar. Se presentan cambios, retos y nuevas obligaciones. A la mitad de mis 33 hubiese tenido hasta miedo de enfrentar lo que ahora... ya es distinto y el miedo lo dejo para aquellos que creen que lo tengo.
Mi abuelo suele decir que todo tiene solución, excepto la muerte. Yo corrijo ello, hasta la muerte tiene solución porque el alma comienza a vivir de nuevo. En mis 33, he comenzado el ascenso a otros niveles como persona.
“Trascendentales”, he ahí la respuesta a la pregunta de mi esposa... y tengo a los seres queridos que respaldan la respuesta.

lunes, 8 de marzo de 2010

Amor de mujer


Dalia Isabel Castro Ascencio, nacida un 30 de septiembre de 1924. La mayor parte de su vida, antes de los 25 años, la desarrolló en Guayaquil, donde nació. Su vocación de docente la llevó hasta la parroquia La Libertad, en el cantón Salinas, donde conoció a su esposo, Marcos Raúl Zambrano Pinoargote, con quien contrajo matrimonio en 1951.
Sería en la península de Santa Elena donde pasó el resto de su vida. Formó una familia compuesta de cuatro hijos: Marina de Lourdes (1951), Ketty Cecilia (1952), Marcos Raúl (1955) y Noralma Elizabeth (1960).
Yo la conocí en 1977... soy el segundo de sus nietos.
Anécdotas, tengo muchas, unas más sencillas de asimilar que otras. Mi mami Chabela -como la llamamos sus 12 nietos- fue siempre una persona rigorista y exigente. Su manera de llevar la disciplina hacía que muchos se sintieran anarquistas.
Yo no pude... más claro, no quise llevarle muy seguido el paso. Soy por naturaleza una persona muy descomplicada, detesto los cambios bruscos -de hecho, les tengo fobia-, y no me gusta las frases intransigentes... Mi mami Chabela hacía uso de este último recurso para dar órdenes... con una frecuencia que no me gustó.
De niño y adolescente no sintonicé muy bien con ella... o por lo menos de eso estaba seguro. Desde la tortura de comer yuca y aguacate (cosas que ya aprendí a comer) hasta las tareas difíciles en época de vacaciones... Estas situaciones me hacían creer y pensar sobre la probable existencia de fijaciones, de la cual alguien pudo aprovecharse.
Tanto así que, tras un insuficiente desempeño académico en el colegio San Agustín, y con matrícula condicionada, rechacé la oportunidad de terminar mis estudios bajo su tutela... tras 9 meses y a las puertas de la incorporación como bachiller, me alejé de ellos con la soberbia propia de un oscurantista.
Le siguieron dos años de fracaso en otros planteles... a pesar de todo -y de opiniones familiares-, mis abuelos decidieron darme otra oportunidad. En esta ocasión, supe aprovechar.
Por primera vez, sentí un nexo con mi mami Chabela. Ese que me hacía entender que algo tenemos en común... soy exigente con muchas cosas, y no tengo reparos para decir verdades en la cara aunque duelan. Desde ahí, mi relación con ella me permitió ver todas sus cualidades... y lo equivocado que estaba sobre sus defectos.
Posterior a mi graduación, también descubrí mi lazo con lo social. Para mi abuela, desde pequeño era el “diputado”, el “abogado de los pobres”. Apelativos dichos con cariño -por lo menos cuando yo no daba motivo para imputaciones- porque desde siempre me gustó estar por delante de quienes no podían expresar sus ideas con claridad. Tengo facilidad de palabra... y ella lo sabía.
Lo que mi mami Chabela no conocía era mi afición por la escritura. En la navidad de 2002 -cuando aún no sabía cual carrera seguir-, ella estaba muy enferma y decidí preparar un emotivo discurso exaltando el amor familiar. Su nombre no podía faltar.
“¿De dónde copió David ese discurso?”, preguntó ella a mi madre. “De ninguna parte, yo vi cuando él lo escribía”, respondió mi progenitora. No la culpo por preguntar eso... nunca mostré esa vocación durante los doce años de educación. Yo era “el que no le gustaba escribir”.
En la primera semana de enero de 2003, en La Libertad, la familia recibía la noticia del desahucio.
Y ni siquiera tuve la oportunidad de despedirme... una prima y yo tuvimos que ir a Guayaquil por unas cosas que se necesitaban. No queríamos... como presintiendo el inevitable desenlace del 9 de enero de aquel año.
En la misma noche del velorio, ella se apareció en mis sueños. Sus nietos estábamos en edades infantiles. Para mí, representó el adiós.
Hice la promesa de ponerle el nombre de Dalia a mi primera hija. Nunca gustó que la llamasen por ese nombre... siempre Isabel... Chabela.
No entendía por qué, Dalia me parece un nombre hermoso. Mi tío Marcos sugirió Isabela como segundo nombre de mi hija. Muy disimulado, por una letra mi hija no se llama igual que su bisabuela.
Y si fuera cierto que los nombres familiares transmiten el espíritu, nada me haría sentir más orgulloso.
No hace mucho pasé por momentos difíciles y decidí resolverlos solo, sin ayuda de nadie. Sin embargo, llegó un lapso en el que sentí que mis fuerzas me abandonaban... estaba listo para dimitir.
Entonces volví a soñar con ella. Sus palabras fueron claras: “Estoy segura que yo no crié a inútiles y débiles”...
Fue como regresar en el tiempo. Una frase de ella cambia los ánimos, igual que su esposo.
En aquel oscurantismo de mi vida, estaba seguro que ella no era capaz de ver mis talentos, mis límites. Cuando estrechamos lazos, todo cambió.
Incluso reconoció mis tareas delante de otros familiares. “Siéntate, David. Ya es hora de que tus primos hagan algo”, dijo al ponerme de pie cuando ella preguntaba por alguien que haga una tarea. Eso ocurrió en 2002...
Unos cuantos minutos hubiesen bastado para decirle lo que pensaba de ella... Ponerle su nombre a mi hija representa un aliciente.
Esa frase en mis sueños... esa manera de tratarme... y se fue sin conocer de mis otras aptitudes.
Cada paso que dé en mi paternidad, deberá ser bajo la inspiración de su amor.