sábado, 1 de febrero de 2014

"Huérfano" (Parte 1)

“Yo estoy bien, no se preocupen que ya regreso”.
Según Cristian, el menor de mis hermanos, fue lo último que mi padre dijo antes de ingresar a la sala de operaciones donde un grupo de médicos esperaba controlar un aunerisma con la colocación de una malla que, en teoría, evitaría que la vena reviente y se produzca un derrame interno.
En teoría…
Lo siguiente luce tan desordenado en mi mente… las carreras para comprar las medicinas e implementos que requerían los médicos, mis quejas que incomodaron a la persona que hizo lo que estaba en sus manos…
Unas tías -hermanas de mi padre- paseando por los pasillos o rezando,  una compañera del medio que cubrió un reportaje sobre esas operaciones -que sin saber estaba conociendo el caso de papá- diciéndome que le habían mencionado que la intervención debía terminar sin complicaciones…
En medio de aquel desorden, mi tía Aracelly me entregó un anillo que por descuido estaba por ingresar con mi padre al quirófano. Me lo puse en el mismo dedo donde llevo uno que mi esposa me dio cuando cumplimos un año de enamorados. Desde entonces, ambos aros se hacen –y harán- compañía.
No sé en qué momento Cristian me relevó de estar al lado de mi papá, lo cierto es que yo tenía que regresar a casa para escribir una nota para mi sección en el diario en el que trabajo. Las ideas ya estaban desordenadas en ese momento, habré reescrito esa publicación unas tres veces pues los párrafos no se ajustaban al titular.
Medianoche de un jueves 30 de enero y apenas pude dormir. Lo último que supe es que mi padre salió de la operación tras 10 horas y pasó directo a cuidados intensivos. Mi ñaño decidió quedarse. Nos informó que resultó más complicado de lo esperado y había que ver su evolución en las siguientes 48 horas.
Muy en la mañana la historia era otra, que mi papá no reaccionaba y que las posibilidades eran mínimas. Con mi hermano mayor, Marcos, corroboramos personalmente aquello. “¿Me hablan de un desahucio o posibilidad mínima?” repregunté tras varias explicaciones de los médicos. “Posibilidades mínimas” me dijo uno de ellos.
Me aferré a ese argumento. Marcos criticó que estuviese dando falsas esperanzas al resto de las familias pendientes del tema, especialmente a la primogénita de mi papá, Solange. Se atrevió a fustigar a mi gremio en su coraje, que por eso no se nos puede creer nada. Me disculparán los colegas, no tuve sino fuerzas para defender lo que habían dicho los médicos a las 10:00 de ese jueves.
Las 13:00, horario de visitas. Mónica, la última pareja sentimental de mi papá, recibía una nueva historia mientras yo salí a comprar medicinas. Que ya solo era cuestión de horas.
Mi turno para verlo. Busqué en la sala a alguien con mejor semblante que el paciente que estaba lleno de tubos en la cama más lejana. Aún ahora no me explico por qué lo hice si ya sabía de sus condiciones… pero era él, el de los tubos, el de las máquinas que indicaban que aún seguía con vida, el que respiraba como si estuviese durmiendo, el del semblante pálido, el de las manos frías que sostuve cuando le hablé.
Cómo darle un beso en la frente sin desconectar todo lo que respaldaba sus últimos minutos. Solo le agarré la mano con fuerza. “Cuídate y espéranos”, lo último que le dije.
Lo siguiente, hablar con Mónica e informarle que debía hacer unos trámites para adelantar lo de los servicios exequiales, esos que me negué iniciar mientras se mantuvo lo de “posibilidades mínimas”. Salí del hospital.
No llevaba ni cinco minutos afuera cuando Mónica me llamó, entre lágrimas me decía que mi padre acababa de fallecer… eran las 13:35 del jueves. Rompí en llanto en plena calle 29 y regresé abrazarla… a abrazarnos, era lo que más necesitábamos en un momento tan difícil.
Lo siguiente, notificar a mi familia y amigos a través del Whatsapp, ponerlo en Twitter, no por exhibicionismo sino por avisar a la gente que estaba pendiente del tema y cuyo número no tenía a la mano.
Diana, una compañera del medio, fue una de las primeras en darme un abrazo virtual. Ella, mejor que muchos, conocía de la sensación de perder un padre. “Es duro asumirse como ‘huérfano’”, me dijo.

Muy duro.

martes, 28 de enero de 2014

Cronología de la nostalgia

Son situaciones para las que, supuestamente, uno se prepara...
Me levanté muy 06:05, debía reunirme con mi papá para arreglar detalles de lo que será una intervención, cerca del corazón, para él. Nadie quien abrazar... ni siquiera mis dos gatos, andaban resentidos por permitir un nuevo huésped felino temporalmente.
Querían mostrar cuál era su territorio a punta de garrazos y no lo permití. Salieron de casa sin tan siquiera desayunar... Por distintas razones, yo tampoco sentía apetito.
Me comprometí al encuentro en el hospital Guayaquil desconociendo cómo trasladarme. “Preguntando se llega a Roma”, la efectiva receta me permitió abordar la línea 73 y descartar ciertos rostros como posible amenaza delictiva.
Igual tocaba estar atento... no hay cómo bajar la guardia.
Llego al punto y unas tortillas de maíz me abrieron el apetito. Compré dos y las acompañé con un vaso de colada. Me acordé de la última vez que compré un combo similar, ya casi 16 años de eso...
Nostalgia... mala señal. Me distraje brevemente con un metropolitano hablando con una vendedora ambulante, lo vi alejarse con unas monedas en la mano. ¿Me habré perdido de algo?
Pensando periodísticamente... mucho mejor.
Termino mi desayuno e ingreso al hospital. Mi padre me esperaba dentro y me presenta alguien de aparente mayor edad que él con quien seguramente conversó mientras yo llegaba. “Él es el segundo”, le dice al señor.
En el estrechón de manos me asaltó otro recuerdo: las veces en que mi padre me presentaba a su círculo de abogados como el futuro heredero de su profesión.
Otra vez la nostalgia... ya para qué luchar contra los genes.
Antes de cualquier conversación, mi padre me entrega un papelito. “Es el recibo de mis cuotas en el Colegio de Abogados, con eso hay para cubrir el sepelio”. Lo tuve que coger... ni siquiera cuestioné el pesimismo. Últimamente me sale con eso de “no te preocupes que sí estás en el testamento” y le he respondido con un escueto “deje de decir eso”.
Me faltaron ánimos para repetirlo una vez más.
Se levanta para asegurar su cuarto antes de la operación en un cuarto piso. Me quedo llenando otros documentos en planta baja. Al terminar, decido empezar a leer el libro que llegó con mi diario dominical: “Un hombre muerto a puntapiés” de Pablo Palacio. Resulta que el autor era abogado.
Como si no tuviese bastantes recuerdos y sarcasmos en la cabeza.
Ni bien empiezo con el prólogo y regresa mi padre. La doctora que lo atendió le había dicho que había tiempo para desayunar y me invita a unas tortillas de maíz con un café. Con el estómago diciéndome que me iba arrepentir, accedí. Me compró tres.
Sí... posiblemente me arrepienta después.
Regresamos con dirección al cuarto piso del hospital. Caminé detrás de él. La nostalgia ataca de nuevo: aquellas veces que lo acompañé a sus litigios, siempre atrás y con maletín como todo buen secretario.
Llegamos al cuarto piso y preguntamos por su cuarto. Que ya verificaban, dijo una enfermera con un médico que, literalmente, le soplaba la nuca. Aproveché para pensar nuevamente como periodista pero de esos de farándula para saber lo que se sentía.
Algo mejor pero para qué engañarnos, lo “rosa” no es lo mío.
Finalmente mi padre queda instalado en su cama. Me despedí de él, sentí que su rostro sudaba y bastante. “Es por el calor”, me dice. Desde luego, hacía sol y al parecer el aire acondicionado del lugar no le abastecía.
Me toca esperar por un vehículo, miro el recibo que me entregó mi padre y se me hace un nudo en la garganta. Aprovecho el tiempo para leer a Pablo Palacio.
Literatura forense... lo que me faltaba.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Diario de un ex suicida

XX de agosto de 1992
Ya no lo soporto... no estoy dispuesto a seguir soportando esta tortura cada fin de trimestre... por alguna razón que aún no entiendo, no me siento motivado en el colegio... me han dicho que soy inteligente. ¿Por qué, entonces, mis notas no reflejan eso? ¿Por qué soy capaz de superar a mi hermano mayor en una prueba para una beca para un curso de computación y mis notas en el plantel son inferiores a las suyas?
Pero tampoco puedo justificar que por ello deba recibir látigo cada tres meses de parte de quien, se supone, debe ser mi ejemplo a seguir: mi padre... Tal parece que la única forma de conseguir algo de su compasión será cuando me vea inerte en mi cama.
Un trago de insecticida y a dormir... para siempre.

XX de septiembre de 1992
Cada vez que lo repaso, me siento el peor de los mortales... Fui un egoísta. Nadie me lo ha dicho pero yo lo entiendo así. Creí que a nadie le importaría si yo faltaba en esta casa... me cegué por el ego.
Una experiencia por demás aleccionadora... además de comprobar de que ese insecticida es tóxico pero no mortal, me percaté que la idea de convertirme en mi propio asesino fue estúpida. Terminé poco menos que en coma con tanto suero que debieron ponerme para desintoxicarme... creo que hasta el alma se libró del veneno.
Vi llorar a mi papá por primera vez, ojalá no sea la única.
Mis tías vinieron a visitarme. Una de ellas me dijo que de haber tenido un hijo varón, hubiera querido que sea como yo. Me sentí halagado... yo también la quiero mucho.
Pero me quedé pensando más en lo que me dijo mi otra tía... que haber sobrevivido es una señal de que estoy para cosas muy importantes, que tengo una misión y que muy probablemente deba cumplirla sin ayuda de mi familia... que no espere recibir apoyo de mis hermanos o mi padre... que a lo mucho podría contar con mi madre.

XX de abril de 2009
Cuánto tiempo ha pasado de aquella vez en que tontamente quise quitarme la vida... hasta ahora la lección más importante que he tenido que aprender.
Mi tía tenía razón... tengo una misión importante: ser padre de familia.
Hace poco tuve que asumir de lleno ese rol... tengo una familia hermosa... pase lo que pase, veré porque mi esposa y mi prole estén bien...

XX de octubre de 2009
Apenas puedo creerlo... A lo que conduce el ego... si no lo sabré yo.
Pero como he dicho anteriormente, nadie se mete con mi familia, aunque se trate de mi propio hermano. Egoístamente ha creído que cuidar sus muebles en mi casa era un favor para mí... para que tenga dónde sentarme... Como si yo no estuviera en capacidad de dar esa comodidad a mi familia. ¿Qué se ha creído?
Que se los lleve... ni falta que me hacen. Mi esposa ha tenido que alejarse hasta que no haya nada de mi hermano en nuestra casa. Por si las dudas, interpuso una orden de restricción en contra de mi hermano. Me duele pero lo entiendo.
Ahora mi hermano, su esposa e hija viven en casa de mi madre, con ella... eso no terminará bien, y así se lo he manifestado a mi progenitora. Nunca he creído prudente que parientes políticos compartan un techo.
Ojalá me equivoque.

XX de XXX de XXXX
Si mi esposa lo hubiese convertido en apuesta hubiera ganado. Hace pocos años, ella alguna vez dijo: "Lo único que quiere tu hermano es sacar ventaja del departamento o quedarse con él"... tuvo razón.
La situación se volvió insostenible... mi mamá vive enferma como resultado del maltrato sicológico de la que es víctima en su propia casa. El intransigente de mi hermano no acepta que mi mamá salga con una persona que considera un oportunista... llegó al punto de prohibir a su esposa que la ayudara en cualquier cosa. 
Y sin embargo, bien que se ha servido de nuestra madre.
He tratado de hacerle ver sus errores a mi hermano pero no lo acepta de buena manera y termina insultándome... yo, en su momento, respondí igual...
Sin embargo, toca hacer una reflexión... No puedo exponer a mi propia familia en el afán de ayudar a mi mamá. He decidido acogerla en mi casa... y que mi hermano se quede solo y feliz en casa de mi mamá.

XX de XXX de XXXX
Ahora mi hermano ha sacado a la luz -otra vez- el afán de vender la casa de mi padres para que mi madre “ya no siga trayendo a ese señor”... para ello, cuenta con un aliado: nuestro padre.
Le llamé y le dije a mi progenitor que lo que le ocurra en el futuro a mi hermano, por esa actitud, también será responsabilidad de él.
Me respondió que si pensaba matarlo y si estaba de acuerdo con el ejemplo que da su ex mujer a sus nietos. “No sea payaso”, le dije. “Mis métodos de castigo no son violentos”... O sea, me vio cara de criminal... ¿Tan poco me conoce?
En cuanto a los ejemplos, le saqué en cara algo que tenía guardado hace mucho y que en aras de la paz de mis apellidos nunca repasé frontalmente. “Usted no es quien para venir a hablarme de valores... prácticamente me llevó a contemplar el suicidio”.
Intentó justificarse en que solo me pegó por los estudios... Qué mala memoria tiene... terminó diciéndome adiós... empero sé que me buscará tarde o temprano.
Mi hermano, por su parte, me hizo responsable de lo que le pase a su familia. Le recordé que él ya tiene una orden de restricción por lo que hizo en aquella ocasión de los muebles y que por mi parte, le daré gusto: el departamento se vende.
Y que disfruten de su soledad, los dos... al paso que van, es lo más probable.
De mi lado, tengo sobrados motivos para vivir.

lunes, 29 de octubre de 2012

Reconociendo

Tenía que pasar... Digo, nunca dejar de pensar en un asunto es tanto como invocarlo.
Pero volver a saber de ella ya es distinto... atrás quedaron ciertas palabras de confianza y cariño... y el tiempo de distanciamiento se encargó de minar algunos aspectos.
No sé si ciertos elementos que marcaron nuestra amistad, que la hizo única en mi círculo, estaban de más... sin embargo creo muy poco en la casualidad y soy más creyente en que las cosas ocurren por algo.
El antes, el después, el ahora... todo pesa en una relación.
Me queda claro que no es lo mismo... y ella está de acuerdo. Pragmática como es ella, me ha sugerido que actitudes posteriores mías llevará la nueva etapa de la amistad a donde debe estar. Completamente de acuerdo... y como toda relación interpersonal, lo consecutivo depende de dos.
Tuve suficiente tiempo para meditar, en la felicidad de mi hogar, todo lo acaecido aquel noviembre de 2010. Lo que hice bien, lo que hice mal... lo que hice de más.
Una de las primeras situaciones que tuve que enmendar es no depender del consuelo ajeno y solucionar conflictos en solitario, en casos excepcionales. Esa dependencia, en mi impresión, me volvió demasiado vulnerable al desengaño.
Ella, al parecer, dio por superado el asunto en menos tiempo que yo. Que su prolongado silencio nada tuvo que ver con rencor, rabia o resentimiento. Que lo acaecido hace dos años enseñó a establecer límites... a las malas, según yo, porque, al menos de mi lado, hubo daño.
Y sí, siempre admití que transgredí límites pero la intolerancia a mi error fue lo que nunca me cuadró. Preferí entonces el tiempo y la distancia... la mejor de las pruebas para saber si una amistad es verdadera.
Algo debe ajustarse para llevar la relación a donde debe estar... aún estoy en eso.

miércoles, 19 de octubre de 2011

De la teoría a la práctica





Si bien mi primeros amores platónicos se presentaron antes del cuarto grado (una maestra de Inglés, Daniela Romo y Lucerito), mi primera ilusión, una que al menos tenía posibilidades de materializarse, se dio a los 9 años: C (me referiré a iniciales para evitar compromisos).
Era mi compañera de estudio y casi vecina en el barrio donde crecí. Recuerdo que mi propuesta de cortejo fue proyectar la imagen de un niño de bien usando una corbata de moño cada que, por cuestiones escolares, la iba a ver a su casa.
No hubo resultado alguno, si ya me saludaba era por educación. Inmediatamente posé mi interés en otra persona: K... que tampoco era lo que esperaba... me estaba dejando guiar por caras bonitas como ocurre con frecuencia a esa edad. Lo peor era que frente a mis narices estaba quien, sin envidiar nada -física e intelectualmente- a las dos primeras ilusiones, estaba interesada en mí pero no llegué a verla más allá que una amistad: M.
Recién me enteré de ello egresando de la escuela... No tengo palabras para describir cómo me sentí... Fue cuando me percaté que el físico, aunque es buen enganche, al final es lo que menos cuenta.
Y sin embargo la lección no fue bien aprendida... faltaba aquello que en verdad supiera estimular mis sentidos.
En el colegio, mi falta de ganas de socializar -ya estaba convencido que los entretenimientos superficiales no llenan-, un ambiente netamente masculino, y la prácticamente nula presencia femenina en mi círculo de amistades, propiciaron que volviera a caer en el error de dejarme llevar por una cara bonita: J.
Ella es pariente de un buen amigo mío. Al ser la primera chica con quien mantenía una cercanía en mucho tiempo, mi mente -y, asumo, las hormonas en ebullición- me hizo creer que las circunstancias en las que la conocí podrían evolucionar hacia una relación más cercana.
Por siete años creí eso... tiempo en el que, a lo sumo, me atreví regalarle un pequeño gatito violeta de peluche y un casete con música romántica. Al no ver reacción alguna frente a lo obvio, desistí del cortejo.
Entre los 22 y 25 años, sería D quien se llevara los laureles del protagonismo -sin lástima, dejé ir otras M en el camino-. En esta ocasión, le dolió más a mi orgullo: 18 poemas, un acróstico, serenatas y más, y todo lo que recibí fue manipulación, frialdad y burla.
La mejor lección de mi vida hasta esa edad sobre amar a una mujer...
Y a los 26, conocí a mi actual esposa... la bella princesa, la que supo ser sincera, auténtica, espontánea... educada y agresiva cuando el caso lo amerita... la que me me ha amado incluso en la adversidad... pero había algo más... un ingrediente que debí tomar en cuenta desde un principio: inteligencia.
Aguerrida, disciplinada, lista y hermosa... el perfil más atractivo desde mi perspectiva.
“Es lindo ver como se materializa un romance infantil con el tiempo”, le dije anoche tras una escena en televisión. “¿Te escuchas lo que estás diciendo?”, me respondió. La pregunta tenía una connotación clara: nuestra hija de 3 años.
“Ya hablaremos de eso”, le respondí para ganar tiempo en una aclaración.
Y aquí está: Siempre que, con el tiempo, se sepa diferenciar lo que, al parecer de cada quien, realmente vale la pena para que el amor florezca.

jueves, 4 de agosto de 2011

La magia de la palabra 2




Apenas sí tenía reacción tras ver HP 7.2 en el cine... ¿Serían los efectos visuales? ¿La certeza de que la saga terminó? ¿El intento de buscar un sentido a mi perplejidad?
Hasta mi esposa parecía estar sumida en el silencio... asumo que estaría en la tarea de interpretar la película. Pura especulación mía. El momento me hacia creer que se encontraba dentro de ese efímero universo.
Llegamos a la casa luego de hacer otras diligencias. No teníamos siquiera hambre. Al parecer los bocadillos del cine fueron suficientes para sostenernos el resto de la tarde.
Nuestra percepción visual estaba igualmente agotada. Tanto la computadora como el televisor no fueron encendidos luego de casi una hora tras llegar al hogar.
Nuestra hija se quedó con mi mamá desde el inicio de la jornada dominical extraordinaria. Tal vez, la falta de ese elemento aumentó nuestra nostalgia y tristeza por el final de la saga fílmica de Harry Potter.
Tal vez...
Nuevamente el silencio como protagonista. Me quedé sentado en uno de los sillones de la casa mirando hacia la pantalla apagada del televisor... como intentando traer de vuelta toda la película. Mi esposa, en cambio, se dedicó a sus trabajos manuales.
"Las palabras son nuestra fuente más inagotable de magia, capaces tanto de infligir heridas como de sanarlas"... una de las frases finales de Dumbledore a Harry. El director de Hogwarts parecía un refranero ambulante, muy fantasioso, muy misterioso... me caía mejor que el resto de personajes.
De todo lo que he tenido que escuchar en las ocho películas de HP, la última de Albus es lo único que trascendió. Las palabras...
Meditando sobre la magia de la palabra me hallé con que el silencio, aunque transcurría amablemente, debía romperse... es poco el tiempo que paso junto a mi familia y cada minuto de intercambio de ideas cuenta.
“Estoy como mareado... el final fue demasiado duro... Snape... quién lo diría”, dije.
“En cambio a mi me impactó el sacrificio de Lilly Potter”, me contestó mi esposa. Le pregunté si ella llegaría a ese extremo por un ser querido. “Sí”, respondió con firmeza.
Me encanta repasar lo afortunado que soy porque Tania me haya elegido como su pareja y que decidiera iniciar conmigo una familia. Desde luego que le pregunté en forma capciosa.
Pensé en Dalia... en todo lo que tendrá que enfrentar por sí sola. Pero, aunque esté preocupado, no tengo más temor que el que está implícito en las dudas. Sé que, así como Lilly a Harry, Tania ya está plasmando su sello de protección sobre nuestra hija...
Por mi parte, quiero mostrarle el poder de la palabra... de las que sanan y las que lastiman. Y haré lo que esté dentro de mi ética para que conozca las ventajas de la magia blanca... la que cura. Junto al sello materno y su propio poder, sé que mi hija se destacará.
Somos nuestra propia idea feliz.... nuestro propio Expecto Patronum... nuestra propia magia poderosa.

martes, 2 de agosto de 2011

La magia de la palabra 1




Es inevitable hacer una reflexión en la línea límite de lo real y lo ficticio cuando este último ámbito trasciende hacia los valores y preceptos formados, de manera empírica y pragmática, a lo largo de mi vida.
Desde hace algún tiempo, con mi esposa veníamos planeando ver la última entrega fílmica de la saga creada por la escritora inglesa Joanne «Jo» Rowling: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte Parte 2 (HP 7.2, para futuras referencias).
Finalmente lo hicimos el domingo último. Diez años habían pasado para ver concluida la historia del hechicero Harry Potter, un joven perseguido por Lord Voldemort -el asesino de sus padres-, mientras se educaba en Hogwarts, un colegio de jóvenes magos. Aquel tenaz enemigo, buscaba reinar sobre sus congéneres mediante las artes oscuras.
Y Harry, desde que era un bebé, se convirtió en el único obstáculo para la consecución de esos objetivos. Finalmente, y pese a sus esfuerzos, Voldemort fue derrotado en una épica batalla contra el joven Potter.
Pero en el camino, mucho se perdió... poderosos magos cercanos a Harry cayeron por defender a Hogwarts... otros murieron solo por defender a Potter, con la certeza de que era el único capaz de derrotar al oscuro hechicero.
Uno de ellos, Severus Snape, murió en el final de la saga. Este personaje se caracterizó desde el principio de la historia por su frialdad y seriedad. Potter lo incluyó dentro de la lista de enemigos al ver que Snape asesinó a Albus Dumbledore, director de Hogwarts.
Harry se equivocó...
Voldemort lanzó un ataque mortal a Snape para quitarle la varita de Dumbledore. En su agonía, Snape pidió a Harry que tomara sus lágrimas para que, en una fuente que revelaba los recuerdos, Potter pudiera observar las razones por las que Snape se unió al enemigo.
Snape vio morir a la madre de Harry, Lilly Potter, a quien conoció cuando ambos eran niños y desde el primer día estuvo enamorado de ella. Ese sentimiento trascendió al hecho de que Lilly se casara con James Potter, el padre de Harry.
Snape y Dumbledore configuraron un plan para proteger a Harry hasta que estuviese en condiciones de enfrentar a Voldemort. Eso incluía que Snape formara parte del ejército enemigo y asesinar al director de Hogwarts.
El sacrificio de Snape por un amor nunca consumado, me conmovió. Mi esposa, en cambio, se acongojó por la escena en que Lilly muere en el afán de proteger a su hijo. Fueron las primeras escenas que comentamos al término de la película.
Pero apenas era el comienzo de la reflexión.