domingo, 25 de abril de 2010

En mis 33...



Edad mística... según mi esposa. Especial, bíblica... los años que tenía Jesucristo cuando inició su ministerio. “Ojalá no te crucifiquen”, dijo por ahí un buen amigo, coqueteando con la herejía.
Sin ánimos de parecer más... así también lo espero.
Tania, asumiendo el rol de su carrera, me propuso que en medio de la reunión por el aniversario de mi nacimiento se me hiciera una entrevista.
“¿Y tú qué me preguntarías?”, le dije. “¿Cómo definirías estos 33 años?”, me contestó.
La respuesta fue compleja... tal y como mi vida.
A la mitad de los años que tengo (casi 17), no tenía siquiera la más remota idea de qué hacer con mi vida. Mi madre quería que fuese médico, mi papá abogado... opté por huir del futuro, de las responsabilidades.
Me negué a crecer... así de cobarde era.
Perdí tres años de secundaria tratando de hallar algo que me satisfaga... un indicio que me demostrara por qué estaba equivocado. A mí las cosas me gustan con pruebas, aún cuando del llamado de mi conciencia se trata.
No puedo decir que la respuesta llegó tarde... las cosas suceden por algo. Me convertí en bachiller de Ciencias Sociales a mis 20 años. Las asignaturas correspondientes a la especialización lograron aclarar mis expectativas sobre mi rol en la sociedad: Tenía que seguir una carrera que me permitiera defender intereses comunitarios.
Abogado o periodista... una de dos.
Solo entonces -con el panorama fijo- decidí lanzarme en búsqueda de quien tuviera la paciencia para tratar con un perfecto susceptible, dócil y alegre, con el mal hábito del ánimo caído tras un día pesado.
Para entonces había pasado por mi primera y única relación sentimental. Con solamente dos canciones dedicadas a alguna persona en especial. En mi situación, eso de las melodías con nombre de mujer tienen también un sabor bíblico: tuvieron que pasar 7 de ellas antes de conocer a mi esposa.
En los siguientes años entré de lleno a la socialización. Lo que no había hecho en casi dos décadas de vida... antes del cambio de siglo, pocas eran las personas a las que podía llamar amigo -incluso en este grupo había quienes mantenían el lazo a la distancia-.
Para cuando cumplí 26 años (2003) ya tenía el norte que no quería ver en 1993. Luego de un fallido intento en seguir el oficio de mi padre, opté por la carrera de comunicador social. Coincidentemente, fue cuando conocí a la madre de mi hija.
Pasaron casi 10 años.¡Una década!
Insisto, si mal fue un largo trámite para escoger un camino, tuvo su razón de ser. Después de todo, tengo un familia hermosa, amigos leales, y compañeros de trabajo que sacan lo mejor de sí... y de mí.
Ahora, como dice una canción, estoy sentado frente al sol sin nada que ocultar. Se presentan cambios, retos y nuevas obligaciones. A la mitad de mis 33 hubiese tenido hasta miedo de enfrentar lo que ahora... ya es distinto y el miedo lo dejo para aquellos que creen que lo tengo.
Mi abuelo suele decir que todo tiene solución, excepto la muerte. Yo corrijo ello, hasta la muerte tiene solución porque el alma comienza a vivir de nuevo. En mis 33, he comenzado el ascenso a otros niveles como persona.
“Trascendentales”, he ahí la respuesta a la pregunta de mi esposa... y tengo a los seres queridos que respaldan la respuesta.

lunes, 8 de marzo de 2010

Amor de mujer


Dalia Isabel Castro Ascencio, nacida un 30 de septiembre de 1924. La mayor parte de su vida, antes de los 25 años, la desarrolló en Guayaquil, donde nació. Su vocación de docente la llevó hasta la parroquia La Libertad, en el cantón Salinas, donde conoció a su esposo, Marcos Raúl Zambrano Pinoargote, con quien contrajo matrimonio en 1951.
Sería en la península de Santa Elena donde pasó el resto de su vida. Formó una familia compuesta de cuatro hijos: Marina de Lourdes (1951), Ketty Cecilia (1952), Marcos Raúl (1955) y Noralma Elizabeth (1960).
Yo la conocí en 1977... soy el segundo de sus nietos.
Anécdotas, tengo muchas, unas más sencillas de asimilar que otras. Mi mami Chabela -como la llamamos sus 12 nietos- fue siempre una persona rigorista y exigente. Su manera de llevar la disciplina hacía que muchos se sintieran anarquistas.
Yo no pude... más claro, no quise llevarle muy seguido el paso. Soy por naturaleza una persona muy descomplicada, detesto los cambios bruscos -de hecho, les tengo fobia-, y no me gusta las frases intransigentes... Mi mami Chabela hacía uso de este último recurso para dar órdenes... con una frecuencia que no me gustó.
De niño y adolescente no sintonicé muy bien con ella... o por lo menos de eso estaba seguro. Desde la tortura de comer yuca y aguacate (cosas que ya aprendí a comer) hasta las tareas difíciles en época de vacaciones... Estas situaciones me hacían creer y pensar sobre la probable existencia de fijaciones, de la cual alguien pudo aprovecharse.
Tanto así que, tras un insuficiente desempeño académico en el colegio San Agustín, y con matrícula condicionada, rechacé la oportunidad de terminar mis estudios bajo su tutela... tras 9 meses y a las puertas de la incorporación como bachiller, me alejé de ellos con la soberbia propia de un oscurantista.
Le siguieron dos años de fracaso en otros planteles... a pesar de todo -y de opiniones familiares-, mis abuelos decidieron darme otra oportunidad. En esta ocasión, supe aprovechar.
Por primera vez, sentí un nexo con mi mami Chabela. Ese que me hacía entender que algo tenemos en común... soy exigente con muchas cosas, y no tengo reparos para decir verdades en la cara aunque duelan. Desde ahí, mi relación con ella me permitió ver todas sus cualidades... y lo equivocado que estaba sobre sus defectos.
Posterior a mi graduación, también descubrí mi lazo con lo social. Para mi abuela, desde pequeño era el “diputado”, el “abogado de los pobres”. Apelativos dichos con cariño -por lo menos cuando yo no daba motivo para imputaciones- porque desde siempre me gustó estar por delante de quienes no podían expresar sus ideas con claridad. Tengo facilidad de palabra... y ella lo sabía.
Lo que mi mami Chabela no conocía era mi afición por la escritura. En la navidad de 2002 -cuando aún no sabía cual carrera seguir-, ella estaba muy enferma y decidí preparar un emotivo discurso exaltando el amor familiar. Su nombre no podía faltar.
“¿De dónde copió David ese discurso?”, preguntó ella a mi madre. “De ninguna parte, yo vi cuando él lo escribía”, respondió mi progenitora. No la culpo por preguntar eso... nunca mostré esa vocación durante los doce años de educación. Yo era “el que no le gustaba escribir”.
En la primera semana de enero de 2003, en La Libertad, la familia recibía la noticia del desahucio.
Y ni siquiera tuve la oportunidad de despedirme... una prima y yo tuvimos que ir a Guayaquil por unas cosas que se necesitaban. No queríamos... como presintiendo el inevitable desenlace del 9 de enero de aquel año.
En la misma noche del velorio, ella se apareció en mis sueños. Sus nietos estábamos en edades infantiles. Para mí, representó el adiós.
Hice la promesa de ponerle el nombre de Dalia a mi primera hija. Nunca gustó que la llamasen por ese nombre... siempre Isabel... Chabela.
No entendía por qué, Dalia me parece un nombre hermoso. Mi tío Marcos sugirió Isabela como segundo nombre de mi hija. Muy disimulado, por una letra mi hija no se llama igual que su bisabuela.
Y si fuera cierto que los nombres familiares transmiten el espíritu, nada me haría sentir más orgulloso.
No hace mucho pasé por momentos difíciles y decidí resolverlos solo, sin ayuda de nadie. Sin embargo, llegó un lapso en el que sentí que mis fuerzas me abandonaban... estaba listo para dimitir.
Entonces volví a soñar con ella. Sus palabras fueron claras: “Estoy segura que yo no crié a inútiles y débiles”...
Fue como regresar en el tiempo. Una frase de ella cambia los ánimos, igual que su esposo.
En aquel oscurantismo de mi vida, estaba seguro que ella no era capaz de ver mis talentos, mis límites. Cuando estrechamos lazos, todo cambió.
Incluso reconoció mis tareas delante de otros familiares. “Siéntate, David. Ya es hora de que tus primos hagan algo”, dijo al ponerme de pie cuando ella preguntaba por alguien que haga una tarea. Eso ocurrió en 2002...
Unos cuantos minutos hubiesen bastado para decirle lo que pensaba de ella... Ponerle su nombre a mi hija representa un aliciente.
Esa frase en mis sueños... esa manera de tratarme... y se fue sin conocer de mis otras aptitudes.
Cada paso que dé en mi paternidad, deberá ser bajo la inspiración de su amor.

martes, 23 de febrero de 2010

Son estos celos que me matan...



Y pensar que mi flaca lo predijo. “Ya te he de ver, Guerrero”, suele decir cuando le aseguro algo de mi proceder, contrario a su intuición, conocimiento o lo que sea que me vuelve transparente a sus ojos.
En mi vida, jamás y repito con plena convicción: Jamás había sentido celos por ninguna mujer hasta el día en que, en un viaje en buseta, un tipo miró de manera morbosa a mi madre. La mirada que yo puse en ese momento invitaba cualquier cosa menos a la cordialidad.
De eso, muchos años han pasado. En ese lapso, nadie del bando femenino me dio motivo para sentir celos. Incluso exhorto a Tania a que use bikini, el cual nunca usó en su vida hasta que le conseguí uno. Es motivo de orgullo, estar a lado de una mujer con un lindo cuerpo y que amanece conmigo cada día... y las miradas que pueda generar me importan lo mismo que un comino.
Entonces nació Dalia, ese pedacito de mi corazón que rehace mi día con un abrazo o una sonrisa. “Si no he sido celoso contigo, ¿por qué tendría que serlo con ella?”, le dije un día a Tania.
“Ya te he de ver, Guerrero”.
Tiene un año y casi tres meses de vida y dondequiera que está arranca sonrisas y ternuras de quienes la ven, propios y extraños. Se ha metido en el bolsillo a más de la mitad de mi familia y casi toda por el lado de Tania. “Ese es tu legado”, me ha dicho Tania... no me lo creo.
Tuve que escuchar la canción de José Luis Perales, “Y cómo es él”, para transportarme por un momento al futuro lejano y palpar lo que sentiría cuando llegue el día en que mi florecita busque otro jardín.
Dalia me miraba fijamente, en ese momento.
Mis ojos no pudieron contenerse... la sola idea de que en algún momento mi pequeña haga un espacio más en su corazón para “alguien” me partió el alma.
Sí... lo sé... será algo normal que desee compartir su corazoncito en algún momento... pero duele.
No me recuperaba del sentimental momento y me invitaron a salir a un centro comercial con mi familia. En el lugar, un pequeño de tres años quiso buscar conversación con Dalia. Obvio que ella no pudo responder pues no articula frases todavía... pero contestó con una sonrisa sonora... y bien sonada.
“No puede ser”, me dije, “y el pequeñín tenía que ser sociable”. Era alguien apenas sí sabe hablar... y sentí celos.
Veo la situación de lejos ahora y no puedo sentirme menos que un ridículo. ¿Cómo sentir celos de una criatura que apenas sabe hablar? Pero así fue... y si así me pongo ahora, cómo será después.
Mi pequeña es especial y su carisma es como pocos. El futuro es prometedor... y yo estaré ahí. Celoso de quien la pretenda y seguramente nadie me parecerá suficiente para ella... pero así mismo deberé confiar en su elección.
Yo participo de las bases de su porvenir y si confío en ellas, tendré que hacerlo en el futuro... sin importar que los celos me maten.

miércoles, 6 de enero de 2010

La creación del universo



Me gusta la ventaja de registrar los hechos. Además de que queda el respaldo de un momento, está la posibilidad de hacer trabajar a la conciencia por lo escrito. No publico todo lo que escribo... hay cosas que son preferibles dejarlas solo en un documento digital.
¿Cuáles? Las que representan la voz inmisericorde del orgullo herido. He aquí donde se gestan pensamientos que, normalmente, no van con mi proceder diario. Fuertes, pero pasajeros. Hay que mirarlos de frente para no darles la oportunidad de agazaparse y, en el futuro, aparecer sin aviso amenazando destruir la estabilidad conseguida.
Es mi universo, concebido bajo la teoría del Bing Bang. Lo que parecía insignificante, -pues así me importaba durante buena parte de mi vida- se transformó en algo que, a pesar de su considerable tamaño, todavía no termina de crecer.
Miro hacia atrás y hasta asusta un poco cuánto ha cambiado. Lo triste es que he necesitado de otros factores además de mi voluntad. Felizmente no vivo de la fe ajena. Sin embargo, he requerido de constantes insinuaciones de otras personas para dar un golpe de timón a varias de mis actitudes.
Puedo aturdirme fácilmente en situaciones adversas o si algo me molesta. Admito que paulatinamente he creado defensas cada vez más altas pero es justamente su alto tamaño lo que provoca que, en una ocasión de mayor impacto, hace que el momento de enfrentarlo sea muy duro.
Santa nostalgia... Esos roces con el pasado, a través de personas que de alguna manera dejaron huella, nos colocan en medio de ecos. La pregunta o moraleja depende de cada quien.
Lo que fue dejó de ser, para alivio de mi conciencia... aunque algunas cosas cambian hay otras que se empeñan en lanzar coquetas miradas de “¿y si pasara?”... no tengo planes de que sea así.
Tengo mi universo equilibrado... difícil la tarea de mantenerlo así. Más de una píldora de Hollywood ha planteado una realidad alterna donde el protagonista no existe. ¿A quienes realmente afectaría la presencia de cada uno de nosotros?
No sé si basta con la huella que se deja. La marca no siempre equivale a una lección.

martes, 29 de diciembre de 2009

2009: Hechos y remakes



Este año que termina se lleva consigo muchas lecciones en varios ámbitos. Siendo periodista, o más bien trabajando como tal -falta el título-, trato de enfocar las cosas de la manera más coherente y detallada posible.
Algunos fueron inéditos, otros no fueron más que remakes de eventos anteriores. Unos previsibles, otros se pasaron por descuido.
Recibí el año con trabajo forzado. No porque tuviese turno sino por una trasnochada en casa de un buen amigo. Un hecho por demás curioso y que me gusta recordar. Si bien hubo situaciones ásperas, aquello demostró que solo cuando se quiere se mantiene el control de la situación.
Al mes siguiente, por vez primera, quedé a cargo de dos áreas asignadas a mi editora en jefe debido a sus vacaciones. Difícil y enriquecedor -como muchas de las cosas en esta labor-. Hubo momentos de una presión tal que llegué a pensar que la responsabilidad encomendada me quedó grande.
Pareciera que marzo fue el más tranquilo del año. Un periodo al cual dediqué una reflexión amplia sobre lo conseguido. La confianza de mis superiores, mi esposa, mi hija. Sin embargo, la incertidumbre sobre la estabilidad de la situación me hizo dudar sobre su futuro... y el mío.
En el mes de mi cumpleaños, comencé a explotar mi lado fotográfico. La perspectiva de un entendido de la materia permitió que saboreara la espontaneidad de un momento antes que la pose... Aunque, definitivamente, algunas poses se quedaron en la retina.
Antes de llegar a la mitad del año, la presión fue en aumento, tanto por mis deberes como padre de familia y comunicador. Casi vaticinando situaciones posteriores.
Llegado el sexto mes, empecé a apoyar a Tania con un negocio en la casa donde vivíamos. Admito que me puse algo egoísta al principio pero el tiempo supo demostrarme -y recordarme- que soy afortunado por tener como pareja alguien que se destaca en lo que se proponga.
El mes de julio fue agridulce. Por un lado, el bautizo de Dalia, un evento que contó con amplia participación de las familias Guerrero y González. Por otro, mi primer roce con mis parientes políticos desde que me casé con Tania. Tuvo que pasar mucha agua por debajo del puente.
En agosto, mil ojos sobre mí. Hasta este mes, no me había percatado de lo pendiente que algunos están de mi trabajo diario. Mi cambio de domicilio también develó otras vigilancias.
Septiembre... la antesala de un evento que quisiera olvidar pero que debo tener presente. Fue mi descuido permitir que, a estas alturas de mi vida, un miembro de mi familia siga tratándome como a un niño.
Siguió el mes que para muchos es de las brujas... para mí fue el de los fantasmas. Un cruce verbal amenazó con destruir lo conseguido. El hecho tuvo tantas retaliaciones que, pese a mis esfuerzos, mi trabajo se vio afectado. Fue casi como ingerir veneno... perdí ánimos de seguir adelante y, en la supervivencia, quedaron huellas en el interior.
La reconstrucción llegó en el penúltimo mes del año. El primer aniversario de vida de Dalia fue prioridad y, felizmente, cuenta con el suficiente amor espiritual que no se hace necesaria la presencia física... aunque algunas faltaron. Para este momento, había derramado las lágrimas suficientes para levantar barreras. Tengo identificado a responsables -yo, inclusive- de mi dolor... pero ni proponiéndolo a mi orgullo soy capaz de guardar rencor. En la idiotez temporal no caben las iniciativas.
Diciembre, mes de reflexión obligatoria. Aumentaron las estrellas en el cielo y los legados en tierra. Pese a que no compartí -pero comprendí- parte del contexto de un discurso navideño, debo rescatar el hecho de que hay que estar pendientes de los valores que estamos heredando a la nueva generación.
La herencia... he ahí la cuestión. Espero que 2010 traiga consigo más y mejores elementos para tal cometido.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Lo que las lágrimas hacen ver...



Tiempo de reflexión... ¿Cuáles momentos deben considerarse como tales?
¿Se los escoge? ¿Tenemos derecho entonces a ser irreflexivos en alguna ocasión?
Año tras año es la misma frase publicitaria repetida hasta el insulto en los medios de comunicación.
Pero no soy quién para venir a dar clases de moral... estoy seguro que nadie sobre esta tierra.
Es loable el intento de serlo. Pese a que lo decente es tener solo una oportunidad, lo que más tenemos es eso, y con infinita misercordia. Muchas piedras, muchas lecciones.
Tropezamos, nos levantamos... por lo menos habemos quienes no nos gusta permanecer en el suelo. Empero, mientras más fuerte intenta volverse uno, mayor es la prueba para verificar el temple del espíritu.
He fallado y en más de una ocasión. Lo que es peor es que, si de gremio se tratara, no estoy solo.
¿Y quién nos dice, en acto flagrante, que estamos mal? ¿La voz de la conciencia es menos que cualquiera de estos momentos?
Sí, por lo menos, me gustaría ver cuántos se conmueven si agreden a un ser humano, si los castigan inmisericordemente, sin más pecado que el no estar de acuerdo con un sistema.
Aunque sea por una ficción que refleje ello... Una que a través del mar de mis ojos, jugó con mis lentes y el brillo de una pequeña bombilla y formó un halo de luz sobre la imagen de quien interpretaba a aquel humilde carpintero de Galilea, bañado en sangre y lleno de laceraciones, camino al Gólgota.
No, no es la primera vez que veo la película y las lágrimas son menos que originales. Lo que incomoda es que en cada ocasión tengo muchos motivos para ponerme triste.
Duele más siendo padre... ¿Quién sería capaz de sacrificar su idea feliz por salvar a muchos que quizás ni se enteran de la acción?
Un doble dolor. Por un lado, alguien pagó el precio de nuestros pecados. Fue capaz de soportar una castigo infrahumano por nosotros. Por otro, en medio de la vanidad, la humanidad parece cada vez menos dispuesta a reconocer las fallas y cambiar su modo de vivir.
Credos por aquí, religiones por allá... todos pregonando su verdad, perdón, interpretación de la Biblia. Cada grupo nació de la percepción de una sola persona.
El mensaje fue tan simple: “Amaos los unos a los otros, como yo los he amado”... pero, ¿qué tanto nos deja cumplir esto el orgullo y otras superficialidades?
Nos podemos equivocar... somos humanos... y así mismo, hay que saber perdonar.
Es el amor que damos, lo que al final cuenta.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Paso a paso



En medio del apagón de las 18 horas, un 2 de diciembre de 2009, mi pequeña Dalia dio sus primeros pasos en firme. Toda una sorpresa, ella conoce de mi llegada a la casa y en cuanto abrí la puerta, se desprendió de las manos de la madre para, en cuatro movimientos de piernas, llegar hasta mí.
Una sonrisa, balbuceos y risas en cuanto llegó a su destino. Estaba emocionada, no era para menos. Ella, ansiosa de descubrir el mundo que le rodea, experimentó un cambio radical que le permitía ampliar sus posibilidades de búsqueda. Adiós al andador de cuatro ruedas y a los límites.
Para Tania y yo, también representa un cambio radical: Mayor atención de la acostumbrada. El que Dalia camine implica que la vigilancia aumentará porque querrá coger e investigar todo... sin límites.
El mérito es de la madre, sin duda. Pendiente de todo. Rara es la vez que se le pasa algo por alto.
Y sí... algo se pasó por alto. Ha pasado algo más de un año desde que Dalia decidió que el seno de la madre no tenía imitaciones sintéticas y, por tanto, nada más importaba. Dentro del siguiente año deberá acostumbrarse a lo artificial... he ahí el dilema.
Tania cada vez está más cerca de retomar sus actividades periodísticas. En honor a la verdad, será un paso igualmente difícil desprenderse de nuestra florecita.
El primer día que intentamos la operación “Destete” fue bastante duro, para los tres. Finalmente, se tomó un biberón... pero mediante cucharadas.
Terminada la tarea, mi esposa se emocionó con la idea de que el fruto de su vientre estaba aproximándose a su total independencia. Lo percibí como un “sí pero no”... sí, era necesario dar el paso... no, el vínculo físico-afectivo no debía romperse.
Son cambios importantes... y los tenemos que asimilar y ejecutar poco a poco.
Es un recorrido de tres.