jueves, 20 de enero de 2022

Paradojas familiares

“¡¿Y eso, a usted qué le importa?!”

No estuvo bien…

No, no estuvo bien.
Pero tampoco supe reaccionar adecuadamente frente a la respuesta que mi hija le dio a su tío, mi hermano mayor, por lo que consideró una impertinencia.

En contexto, mi hermano llega a ser bastante indolente al momento de hacer críticas. No se fija bien en a quién se lleva por delante y no hace distinción en si es un familiar o no. En esta ocasión, durante una videollamada, se atrevió a señalar el tiempo que yo le permito jugar en el celular a mi hija luego de criticar mi propio tiempo para el ocio.

Y entonces la respuesta de mi niña. Prácticamente, ese “¿y eso, usted qué le importa?” lo dijimos a coro; yo, en mi mente pero mientras procesaba el cómo decirlo más amablemente, mi niña lo soltó sin filtro alguno.

Mi primera reacción fue ponerme de su lado. Le dije a mi hermano que ya he de hablar con ella pero que entienda que ella me está defendiendo. Acertado o no, mi hermano soltó otra frase más impertinente: “Ha sido igual de grosera que la mamá.”

“¡Con mi mamá no se meta!”, le respondió con sobrada razón mi hija. Fue cuando sentí que se me salía de control la situación y, mientras intentaba entrar en razón con mi ñaño sobre que fue bastante imprudente lo que él hizo, se despidió y cerró la videollamada.

Yo me quedé con sentimientos encontrados, con ganas de abrazar a mi hija y darle un jalón de orejas. Como lo ofrecí, hablé con ella, lo primero que le exigí fue disculparse con el tío. No interesa que después mi ñaño, fiel a su estilo, me bloqueara y bloqueara a mi niña del Whastapp, al menos, alcanzó a leer las disculpas.

En cuanto a Dalia, tuvimos una larga charla sobre el cómo se debe tratar a las personas y que la familia, por mucho que lleguen a hacer algo que nos disguste, merece un trato diferenciado y más si se trata de nuestros mayores.

Vaya paradoja. Le conversé que en dos ocasiones, yo me peleé con mi tío por referirse mal de mi padre y su apellido. En la segunda de las veces, me sentí más avergonzado y no sé cuántas veces ofrecí disculpas por eso.

Y por lo mismo, entiendo perfectamente la reacción cuando alguien ofende a un ser querido. Por muy justificado que esté, duele, y cuando algo duele, hay una respuesta tanto o más hiriente que lo que ocasiona el dolor.

Aquí viene un arte con el que muchos nacemos y, otros, lo perfeccionan con el tiempo: Procesar rápido las cosas para evitar un mayor daño. En mi caso, si me da la situación, hago mutis.

Es lo que le pedí a Dalia, que aprenda a callar y retirarse de escena, amablemente, si algo le molesta. Que si en algún rato, llego a ser impertinente, prefiero que se despida y se aleje, a que me suelte una frase que puede empeorar la situación.

Esa reacción se la merecen muchos, sí; no su familia, le insistí. Y, pues, tenía que ser…
“Algo tenías que sacar de tu madre, mi hermano tuvo razón, de algún modo”, le dije.

Nos sonreímos.

Válgame, la que me espera.

martes, 19 de octubre de 2021

Historia de un divorcio

 

“Vaya a pelear con su mamá.”

El último de tantos. Va, casi que me lo merecí…
Y digo casi porque pude manejar su intromisión de otra forma, ignorándola.
Pero no, tenía que contestar y señalarle, tácitamente, que no es quien para sugerir que es incorrecto que mis problemas afecten mi entorno.
Ella… Quien por condiciones de salud tiene problemas para manejar los enojos.
Por supuesto, fui contundente y poco amable, obvio sintió que lo hice personal y, en mi defensa, tampoco fui muy prudente de su parte sentirse con derecho a criticar mi forma de manejar los problemas.
Digo, si por eso mismo se separó de mí… Uno entre todos los defectos míos que le señaló a una prima para justificar su decisión de irse de la casa.

Defectos que ya conocía antes de casarse conmigo, así que no entiendo la sorpresa y decepción… En retrospectiva, también tuve que haber visto las señales como cuando de la rabia partí un celular contra la pared por una discusión que tuvimos siendo enamorados.

En el camino, me volví un mentiroso compulsivo, siempre tratando de esquivar discusiones con ella. Tenía que haber sido más frontal, me porté como cobarde.
De pronto, no duraba en los trabajos por molestias en el cuerpo, por estrés o porque simplemente no se sentía cómoda. En los casi 12 años de matrimonio, le conocí cinco trabajos distintos.
Siempre la apoyé aunque después me lamentaba con las deudas asumidas entre los dos y que finalmente pagaba yo. En algún momento se lo señalé y me respondía que dónde había quedado el apoyo que le ofrecí para que pudiera renunciar.
Con el tiempo, las evaluaciones médicas determinaron que tenía indicios de Parkinsonismo y que debía dejar de trabajar. Eso la frustró, ella que tanto se había esforzado por un título de comunicadora social.
Por supuesto, como buen esposo le pagué el seguro para que siguiera con su tratamiento en su obligada cesantía. En medio de esto, se dio una discusión que terminó pésima… Era 2018, fue cuando me percaté que mi matrimonio se iba a pique.
Incluso, por entonces, se barajó la idea del divorcio pero ella me señaló que si se iba de la casa, no tenía con quien quedarse. Descarté la idea porque no quería ser recordado como el indolente que ponía a la madre de mi hija de patitas en la calle.
Pero la situación no tenía pinta de mejorar. Encima de todas las situaciones anteriores, manejé la economía familiar con los pies, lo admito, asumiendo deudas que aún no pago. Estaba cometiendo error tras error, todo con el ánimo de mantener un matrimonio para que mi hija no tuviera que pasar por lo que yo, la disolución de una familia con padre y madre enfrentados entre sí.
Y entonces, perdí mi trabajo, un evento que aceleró el desgaste emocional entre ella y yo. Sin embargo, cuando me sentí un fracaso como esposo, ella me dijo que yo le daba lo que nadie más: estabilidad emocional.
Tenía que sincerarme… Y, eventualmente, se lo dije… Que ya no me atraía como mujer.
Habría pasado un mes del “tú me das estabilidad” y una noche, vino a decirme que quería dar un paso al costado, sugerencia que le había dado años atrás.
Ni le discutí. Vi en sus ojos lo decidida que estaba. En ese preciso instante, murió lo poco de amor que quedaba para ella.
No pudo irse enseguida, debía arreglar detalles. En los días de transición, me sugirió hacer un viaje a Quito. Entendí la indirecta. Eso me indignó.
“No sé tú pero yo no tengo plan B, si es lo que pensaste”, le dije. “Yo tampoco”, me respondió.
Se fue.
Unas semanas después contactó a una prima mía para que la ayudara con el tema del divorcio, asunto al que no le puse objeción. Lo que me llamó la atención fue que usara a mi prima de pañuelo de lágrimas.
Mi prima solo le creyó lo necesario. Desde el inicio, procuró ser muy prudente y prefirió no tomar partido en el tema. Eso sí, ayudó a su modo.
Se convino que la nena se quedara con ella y el tiempo con la niña sería compartido, entre otros detalles. Firmado el acta de divorcio, todo se manejó bien entre ambos, salvo por una impertinencia de mi parte en la que me enteré accidentalmente que ya tenía pareja, asunto del cual ya tenía mis propias sospechas así que sorpresa, sorpresa, no fue. No obstante, como dije, todo estaba bien.
Hasta que…
Un fin de semana decidió omitir que se llevaba a mi hija a la casa de su nueva pareja. Eso sí me molestó porque parte del acuerdo fue informar del paradero de la nena siempre. No sé qué la motivó a actuar así pero se equivocó conmigo si pensó que me enojaría porque mi hija conviviera con su nueva pareja.
Por favor, tuve dos padres divorciados quienes a su vez salieron con más de una persona. Hace rato que aprendí la convivencia con los recién llegados a la vida de un divorciado.
Como se negó a dar ubicación, tuve que solicitar apoyo a mi prima. Lo siguiente que pasó, es que regresó a la nena al día siguiente a mi casa… Con el tiempo, nuestra hija estableció que prefiría quedarse en la casa de mi madre, donde vivo, porque se siente más cómoda.
Después de eso, fue discrepancia tras discrepancia. Llovió sobre mojado. Como resultado, ella me percibe como un ser conflictivo con el cual no se pude dialogar amablemente.
No hace falta entrar en más detalles, solo es pertinente que se sepa la consecuencia de tanto conflicto.
Que me vaya a pelear con mi mamá fue lo último que me dijo. Yo no llegaría a ese punto con ella pues a mi exsuegra la tengo en tan alta estima que lo último que deseo es su mal.
En todo este proceso, mi hija ha sido mi mayor confidente y mi mejor amiga y por ella me he mantenido mentalmente saludable.
Desde el inicio, ha sido mi prioridad. “He notado que ha evolucionado para bien”, lo más reciente que me dijo.
Entonces estoy haciendo un buen trabajo, no necesito irme "a pelear con mi mamá"... 
De hecho, con nadie.

domingo, 3 de octubre de 2021

Redención

 

Quien conoció el infierno, no lo asusta cualquier diablo…

Es una frase que acuñé hace algún tiempo. Suena a cliché, por supuesto, y llegó a mí en un momento de retrospección sobre lo aprendido en una época bastante oscura de mi vida.

Por mucho tiempo, viví con la carga del arrepentimiento sobre cosas que hice y dejé de hacer y, con esa tara, buscaba enmendar fallas… No me percataba del círculo vicioso que ceñía sobre mí al incrementar esa culpa con nuevos errores.

Tuve que pasar un divorcio y ver de cerca la tristeza de mi hija para percatarme de eso.

Gracias al apoyo de una prima, mi hija recibió asistencia psicológica de la cual yo también saqué provecho. Una revelación fue que la psique y conducta de los padres se hereda genéticamente… Al saberlo, comprendí que mi niña requería de más atención de la que yo recibí cuando tomé caminos errados en la adolescencia y parte de la juventud.

Bueno, más bien lo corroboré porque para ese momento sabía que debía ser mejor que mis padres al manejar la separación.

Me comprometí también a ser mejor padre de lo que fue el mío (tuvo muchas cosas buenas pero se equivocó en algunas). Incluso en las horas más bajas de mi niña, tuve los conocimientos necesarios para echarle un poco de luz porque son caminos que ya recorrí… Caminos muy oscuros.

Mi niña es más parecida a mí de lo que me había percatado y, hasta cierto punto, asusta un poco por ese lado oscuro que le heredé y conozco muy bien.

Lo que sí está en mis manos es no darle razones para crearse un infierno como a mí me las dieron, darle una mejor capacidad de decisión que la que yo tuve.

Es lo que todo padre aspira, que su hijo o hija sea mejor que uno.

No hay necesidad de renegar de mi pasado, de lo que hice y dejé de hacer…

Porque todo eso me ha dado lo que he necesitado y necesitaré para llevar a mi hija por un mejor camino del que recorrí.

Y que sienta, en todo momento, que no está sola al caminar los senderos que elija.

martes, 7 de septiembre de 2021

Mi rayo de luz


Hace algún tiempo, mi mejor amiga observó que yo reprimía demasiado mis
sentimientos por querer complacer a otros...
Honestamente, nunca lo vi como algo de lo que debiera preocuparme.
Hasta ahora.
Mejor dicho, desde hace algunos meses cuando en una explosión de susceptibilidad terminé hiriendo a gente que amo.
Gente que nada tenía que ver con el origen de mi problema. Tuve que pedir perdón una y varias veces. Son cosas que no se pueden revertir y solo queda aprender.
Sin embargo y al parecer, no estaba del todo superado. No había aprendido lo suficiente. Anoche pasé unas horas difíciles porque me volvió a pasar lo mismo. En esta ocasión, no me desquité con nadie salvo conmigo mismo.
Exploté. Me recosté a identificar el origen... Y era el mismo que hace meses creí superar.
Es un enemigo silencioso, el dejar pasar, a medias, cosas que nos indignan. Son como componentes de un taco de dinamita.
La parte más dura de mi noche de introspección fue el encontrar la manera de contárselo a mi niña porque es algo que la involucra indirectamente. Encontrar las palabras en medio de mi rabia me convirtió en un despojo de nervios. Creí que no podría dormir y, aunque lo conseguí, desperté con el cuerpo hecho nudo y la cabeza la sentía del peso de una sandía. Terrible. El dolor en el cuello me advertía que era puro estrés. Pasé el día conversando con mi mamá y mi mejor amigo. Ambos me aplicaron su mirada "hace rato te lo vengo diciendo". Sí, lo sé, si retrasé lo inevitable fue con el único propósito de hacerle una bien a mi niña. Aunque ya no podía más. Mi salud mental ya no me permite poner más carga sobre mis hombros.
Al caer la noche fue cuando me animé a conversar con mi niña de lo que ocurría. Procesó todo con una madurez que me habría gustado tener a su edad. Me abrazó y me dio ánimos. El dolor se fue. Era eso y nada más... Le solté todo lo que venía guardando creyendo que la iba a lastimar. Mi niña ha sido más fuerte de lo que creía. Todavía tengo que trabajar en mi reconstrucción, en saber darme prioridad para darle prioridad a mi niña. Siempre fue mi rayo de luz. Siempre lo será.

miércoles, 11 de agosto de 2021

La cuentista

“¿Por qué no me llamó la atención? Hasta yo pienso que era algo muy trastornado.”

Mi adolescente hija se inquietó al repasar unos escritos suyos de cuando tenía 8 años y le dio por escribir historias en un pequeño cuaderno que alterna letras y garabatos.

Un detalle del que siempre me preocupé es que mi niña alimentara su cultura general, sea leyendo un libro, viendo los noticiarios, documentales en audiovisuales, películas basadas en libros y hechos de la vida real…

Que no le faltara nada a esa pequeña esponjita curiosa, ávida de conocer el mundo que le rodeaba.
Cuando quiso escribir algo que no fuera una tarea escolar, lo hizo a lo grande, queriendo emular un poco a J. K. Rowling pero más a R. L. Stine. Admito que no me preocupé en ese instante de las influencias, de eso me percaté en años posteriores, identificando sus preferencias cinéfilas.

Es un recuerdo que atesoro: el día en que me enseñó el borrador de su primera novela.

Era evidente que tenía mucho que aprender sobre redacción y ortografía, situación que se solucionó recordándole que nunca dejara de leer.

La historia era de terror, con homicidio incluido, y con protagonistas infantiles. No voy a negar que me quedé estupefacto porque algo tan espeluznante saliera de esa cabecita con ojos grandes y tiernos.

Citando a un político mexicano convertido en meme, aquí les pregunto, ¿qué hubieran hecho ustedes?

Si de algo tuve certeza en ese instante es que Dalia me había superado pues nunca se me habría ocurrido escribir algo nacido de mi imaginación a tan temprana edad. “Está muy lindo, hijita”, le dije a mi novel cuentista de 8 años.
Regresamos a la niña convertida en adolescente y su inquietud.

“A los talentos se los cultiva, hijita. ¿Hubiese visto correcto que en lugar de alentarla le hubiese dicho que es una trastornada por lo que había escrito?”, le contesté. Igual se sonríe de sus ocurrencias infantiles.

Yo me sonrío porque sé que hice lo correcto.

lunes, 27 de mayo de 2019

"Lo harás bien"


Todo saldrá bien... Gracias por todo”.
Es lo que Tony Stark dice al despedirse de su padre cuando tiene la oportunidad de verlo en un viaje en el tiempo, dentro de la película Avengers: Endgame. En contexto, Tony nunca tuvo cómo despedirse de su padre antes de que fuera asesinado cuando él era un adolescente.
Si bien el encuentro con el padre me conmovió, no fue tanto por la escena sino porque a mi mente vino la surrealista idea de lo que yo le diría al mío si tuviera la oportunidad de viajar en el tiempo justo en los días en los que estaba yo por nacer.
No voy a mentir, mi papá cometió muchos errores, algunos imperdonables, como padre y como esposo.
Entonces, ¿qué le diría al Francisco Guerrero de 33 años, con un matrimonio fracasado y otro que estaba arruinando?
En retrospectiva, tampoco es que yo me he desempeñado como el mejor de los esposos. En este largo camino que no tiene un término a la vista, he dejado pasar muchas cosas que finalmente derivaron en tremendos errores.
Como padre, aparentemente, lo estoy haciendo mejor. Al menos, es lo que me han dicho, incluso mi esposa. En ambos casos, no resulta sencillo tener la certeza de que se hace un buen trabajo.
Volviendo a mi padre, aquellos errores que cometió como padre de familia no le fueron perdonados por más de un ser querido. No es mi caso y no ha faltado quien me cuestione el porqué actúo como si nada hubiera pasado.
La respuesta a eso está en sus últimos cinco años de vida, los primeros cinco años de mi hija. Mi padre tuvo el privilegio de ser el primero de la familia en coger a mi pequeña apenas nació... Vale acotar que no tuvo esa oportunidad con ninguno de los nietos anteriores.
Durante esos cinco años, mostró una abnegación excepcional como abuelo, no solo con mi hija sino también con la prole de mis hermanos. Siempre pendiente, siempre visitando, siempre invitando a pasear o comer.
Siempre amable.
Fue el lado que conoció mi hija hasta cuando él falleció. Sin embargo, cuando mi hija cumplió 10 años, tuvo una preocupación por mí y debí contarle lo que él fue, lo que hizo mal. Se sorprendió.
Pero le tuve que aclarar que se lo contaba para que estuviera al tanto, no para que lo odie. Sí, fueron errores terribles. Sin embargo, buscó enmendar lo que hizo mal. Es lo que cuenta, al menos para mí.
En el día en que lo veríamos por última vez, se acercó a abrazar a mi mamá y le dijo “gracias por todo”. Seguro debió ser complejo para mi madre, tantos años de dificultades y una frase que no esperó nunca de mi padre... Más bien una palabra... “Gracias”.
Entonces vuelvo a la escena de Tony Stark...
Y encuentro la frase para el Francisco Guerrero de 33 años...
Al final, lo harás bien”.
Se la diría con un abrazo desde luego. Uno más para el camino.

viernes, 5 de octubre de 2018

La misión


"Padres idiotas".
Un comentario que escuché sobre la noticia del joven de 12 años que se suicidó al no querer enfrentar el problema de sus bajas calificaciones en el colegio. Ocurrió en el cantón La Libertad.
Vaya que dolió... Tanto la noticia como la frase.
Casualmente, esta mañana tuve una conversación seria con mi pequeña hija. Supe que está preocupada que yo fuera considerar el suicidio frente a mis problemas... Ha visto tanto de eso en las noticias.
Me confesé con ella para que entendiera porqué el atentar contra mi vida no está entre mis opciones para enfrentar una situación difícil.
A mis 15 años, intenté suicidarme”, le dije.
Obvio se impactó. Su mirada me lo dijo... Le tuve que contar los pormenores de aquello y que tuvo mucho de parecido con el caso ocurrido en La Libertad.
Fue una época difícil en la que no aceptaba la paradoja de que pese a mi inteligencia y afición por los libros, tenía un desempeño deficiente en el colegio. Mi padre era muy severo en cuanto a castigos... Y no estaba dispuesto a soportar uno más.
Tomé una botella de insecticida y tragué algo de su contenido. Hasta hoy, todavía se me amarga el paladar al recordar ese episodio. Para mi fortuna, aquel compuesto químico no era mortal pero sí tóxico. A los pocos minutos vomité... Me llevaron al hospital donde un lavado estomacal y un suero me dieron una segunda oportunidad.
Al día siguiente, mi padre averiguó el porqué lo hice. Fue la primera vez que lo vi llorar... Yo lo abracé... Ya no importaba de quién fuera la culpa.
Durante aquella semana, recibí las visitas de miembros de mi familia. En la memoria se me quedaron las charlas con dos de mis tías. Una me dijo que de haber tenido un hijo varón, le hubiese gustado alguien como yo... Otra, me hizo notar que no podía irme de este mundo por decisión propia, que tengo una misión importante que cumplir y mi vida no puede acabar sin completar la tarea.
Ahora sé que esa misión eres tú”, le dije a mi pequeña hija. “A mis 15 años jamás podría haber imaginado que sería el padre de una niña tan bella, inteligente, disciplinada y amable como tú... Y no pienso irme de este mundo hasta asegurar que te conviertas en una excelente mujer”.
Le aconsejé que esté atenta porque en la adolescencia tendrá que tomar decisiones importantes pero que siempre tenga la certeza de que puede solucionar cualquier problema que se ponga en frente y que sus padres estaremos ahí por si nos requiere como apoyo.
Mi padres cometieron errores pero eso no los vuelve idiotas... Al final, me dieron lo que necesité. Yo los recuerdo por lo que hicieron bien...
Y así quiero que me recuerde mi hija.

martes, 2 de octubre de 2018

Justicia vs venganza


Un sistema de transporte masivo como lo es la Metrovía en Guayaquil prueba la paciencia aún de las personas que, como yo, evita ser parte de problemas para poder llegar pacíficamente a su destino.
Pero aún personas como yo, podemos sucumbir ante el enojo y adoptar posturas beligerantes.
Decenas de veces he tenido que ver cómo jóvenes se aprovechan de la debilidad de gente mayor para apoderarse de un lugar, sea en un asiento o de pie. Hace unos días, uno de esos mozalbetes se metió conmigo luego de que una frenada del vehículo provocó que mi cuerpo se fuera contra el suyo.
Antes de que pudiera ofrecer disculpas, el tipo me dio un golpe en el brazo, atacando desde atrás. En ese instante, me volteé para mirarlo a la cara.
¿Qué vas a decir?, me pregunta.
Que si tienes algún problema con las frenadas del chofer, en la siguiente parada nos bajamos para discutirlo... Veremos si haciendo las cosas de frente eres mejor que atacando por la espalda”, le contesté.
El tipo, sin bajar la intensidad de su enojo, me queda mirando fijamente sin contestar. Por breves segundos, le seguí la mirada... Me aparté del lugar con dirección a la puerta de salida.
Me bajé en la siguiente estación, el tipo no dejó el bus. En mi cabeza quedaron dibujadas las posibilidades de escenarios si aquel impertinente decidía también bajar del vehículo.
Llegando a mi casa, comento la situación a mi familia. Pongo atención a la reacción de mi pequeña hija. No me dice nada pero la mirada fue de asombro.
Unos días después tengo la oportunidad con ella de hablar a solas. Le pregunto por lo que pensó en aquel momento. Me contesta inmediata y enérgicamente: “Pienso que estuvo mal, no era necesario responder de esa forma”.
No le discuto. Tuve la opción para reaccionar de otra forma por mucho que considere que el mozalbete se lo tenía merecido.
Le ofrecí disculpas a mi hija y le di la razón... Pero también le recalqué que siempre habrán personas que pondrán a prueba nuestra paciencia y que está en nosotros establecer la adecuada respuesta.
Es muy delgada la línea entre la justicia y la venganza.

lunes, 30 de julio de 2018

“Yo sabré porqué lo digo”

De mi abuelo materno, mi papi Marcos, preservo las mejores lecciones que un joven medio descarriado -como lo fui- pudiera recibir. Él era pragmático en un estilo que considero inigualable, matizado con un optimismo que no todos pudieron entender.

Con cada persona que lo conoció aprendo un nuevo principio. El más reciente, que los padres acuden recurrentemente a un solo hijo porque lo ven como el más competente, no porque exista un afán de fastidiar. Me la contó un amigo que apenas lo vio una vez hace casi 18 años.
Yo aprendí algo parecido. “Que te quede claro que jamás te voy a pedir algo que sé que no puedes hacer”, lo dijo mi abuelo en el primer “no puedo” que afirmé delante de él.
En el tiempo que compartí con él durante mi afán de graduarme como bachiller, mi evolución fue vertiginosa. Tan así que mi papi Marcos se sentía orgulloso de semejante obra. “Te dejo bien calibrado para el trabajo”, me dijo poco antes de regresarme a Guayaquil.
Pero hay otra frase de él que da vueltas en mi cabeza. Una que jamás me la dijo directamente, se la mencionó a mi madre... No fue una enseñanza, más bien una opinión cuyas razones se las llevó, literalmente, a la tumba.
En días recientes estoy trabajando en el rescate de mi matrimonio que, entre los problemas de salud de mi esposa y míos, está con severas laceraciones... Unas que difícilmente se borrarán de la memoria. Nos llevaron al borde de una separación que aún prevalece como alternativa.
Cómo será de grave que hasta mis hermanos y mi madre ahora ven a mi cónyuge como una amenaza, una que prefieren no ver dentro de sus casas mientras les dure el enojo.
No eres como yo, yo soy bien rencorosa”, me dijo mi madre al escuchar mis razones para seguir en la lucha. Desde luego, habla por propia experiencia, por unas profundas heridas que le dejaron sus hermanos y mi padre, en ese orden.
Apenas transcurridos los hechos entre mi esposa y yo, mi mamá me confesó algo. Una anécdota con su padre, mi papi Marcos... Una que lleva casi 15 años guardada.
No lo negaré. Desde el primer día en que presenté a mi -entonces- enamorada noté algo peculiar en mi abuelo. No la trató como al resto, con informalidad, con confianza... La trató como si nunca la acabase de conocer, con recelo, con escama.
No me interesó saber porqué, con el tiempo lo atribuí a su senilidad. Tenía episodios de enojo hasta con su prole... Lo dejé pasar.
Y no, no fue a mi matrimonio. Me atrevo a pensar que fui la excepción en cuanto a las bodas de sus nietos se refiere.
Mi mamá fue más curiosa, claro que notó la actitud de su padre pero no se guardó la inquietud.
-¿Por qué trata a Tania así?
Cuenta mi madre que hubo una pequeña pausa.
-Ella no es la mujer indicada para David.
Estupefacta, mi progenitora insiste en saber porqué. “Yo sabré porqué lo digo”, le contestó... Y con esa respuesta se dio por terminado el tema.
Me quedo igual de absorto al escuchar la anécdota. Yo siempre he respetado la opinión de mi abuelo pese a sus desaciertos -que desde mi punto de vista fueron pocos- y, hasta ese momento, las había entendido todas.
¿Por qué nunca me lo dijo?”, la primera de mis inquietudes. Seguro respetó mi decisión aunque nunca, al parecer, se adhirió... Pero ni eso me basta para dilucidar el porqué.
Tengo mis hipótesis que van desde las similitudes de Tania con mi abuela -esposa de mi papi Marcos- hasta una pretensión de que se continuara la tarea que no completó, de calibrar mi modo de vida.
Y mucho temo que también me llevaré la inquietud hasta la tumba.

jueves, 18 de enero de 2018

El legado familiar (Parte 2)

Una mujer avisa que falta poco para cerrar el féretro y comenzar el respectivo traslado hacia el cementerio de La Libertad. Con mi pequeña hija, damos un último vistazo. Sentí que lo lamentaría si no lo veía por última vez... Así, por breves segundos, para que prevalezca la imagen del hombre aguerrido y alegre que siempre tuve de él.
En esos instantes, repasé una frase que compartió el tío Marcos, una que le quedó grabada de su progenitor: "Todo hombre tiene su precio pero procura que el tuyo sea tan alto que nadie sea capaz de pagarlo".
Por eso tu partida es incuantificable”, pensé. Cuántas frases y anécdotas repartidas entre sus 4 hijos y 12 nietos... La trascendencia de mi papi Marcos es palpable en la esencia de la familia, la Zambranada -como la bautizó-... Cuánta sabiduría impartida... Cuánta sabiduría por compartir.
Entonces salí para encontrar a mi madre. Ya afuera de la casa de mi tía Noralma, mi esposa sugirió que fuera a ayudar con el traslado del féretro. Accedí pero llegando a él me sentí pequeño entre las moles de los sobrinos de mi abuelo y mi hermano menor. ¿Cuál podría ser mi aporte en la tarea? ¿Apoyo moral, quizás?
Aún así, seguí de cerca a la caja con la leve esperanza de ser útil en algún momento. Aquello no ocurrió pues, pese a que relevé a otro de la carga en tres ocasiones durante el kilómetro y medio de trayecto, mi hombro no dio la altura requerida y tras de que incrementaba el peso al resto, lo que yo recibía también resultaba difícil de llevar... Así me lo hizo saber el dolor que me quedó donde la clavícula se une con el acromión.
Hace casi 15 años tuve el mismo dolor, en el mismo punto, cuando llevé a mi mami Chabela al cementerio. Miren ustedes.
Llegando a la tumba, repaso si todos estaban presentes para que nada inicie si faltaba alguien de la Zambranada. Comprobado eso, alguien coloca los restos de la mami Chabela en el féretro y proceden a su inserción en aquella estructura de cemento, junto a los cientos de rosas -bueno, las que cupieron- que llegaron desde distintos puntos del país.
En todo ese proceso, el silencio fue absoluto. Para esta instancia, lo común es ver a los deudos desbaratados en llanto. Pero allí estábamos los Zambrano Castro, impávidos, con un hilo de tristeza en los rostros, mirando la inmisericorde caja que guardaba para la eternidad a quien fue una de las figuras más importantes de nuestras vidas.
Hasta hubo unas risas durante la iniciativa de mi prima Lorena de escribir en el cemento fresco el nombre de los dos recordados seres: Papi Marcos y Mami Chabela, con unos cuantos adornos dibujados como muestra de cariño.
Mi tío Marcos da una explicación del porqué lo más afectados resultaron ser los más tranquilos. Es una lección que aprendimos con el ejemplo del papi Marcos, de ser fuertes en la adversidad, de buscar el lado positivo aún donde parece que no lo hay. “Nunca he encontrado una respuesta en mis 62 años acerca del porqué mi papá tomó siempre la vida con tanto optimismo y de una cosa simple formar un concepto filosófico que era de vida”, dijo haciendo un esfuerzo para que su voz no se quebrara.
Damos las gracias y nos despedimos. No parecía que estábamos de luto...
Y es que todas las semillas de fortaleza plantadas por mi abuelo cayeron en tierra fértil.

martes, 16 de enero de 2018

El legado familiar (Parte 1)

Acaba de fallecer el papi Marcos”.
Por costumbre, bloqueo la señal del celular cuando estoy entrevistando para que la grabación no se corte por alguna llamada. Estaba en un astillero, cerca del río Guayas haciendo lo mío... Recogiendo historias.
Al devolver la señal a mi dispositivo, di prioridad a la lectura de los mensajes de Whatsapp del grupo donde todos los miembros de mi familia materna, los Zambrano, compartimos de todo un poco, desde chistes hasta debates políticos aunque esto último lo dejamos de hacer. Somos demasiado empecinados en nuestras posturas y evitamos herir cualquier susceptibilidad... Además, que el propósito del grupo, en palabras de mi prima Stef, es solo compartir contenido familiar como fotos e historias.
Seis palabras brillaron entre la pila de mensajes... Seis palabras que sentenciaban el desenlace para el cual nos preparamos los Zambrano por una semana. Mi abuelo, el único que me quedaba, Marcos Raúl Zambrano Pinoargote, falleció a sus 92 años tras una breve batalla con anomalías cardiovasculares.
Don Fausto, administrador del astillero, seguía hablándome mientras yo encontraba fuerzas para no desbaratarme en lágrimas ante él. Mis ojos llegaron a brillar en esa lucha interna pero no lo notó. “Sabe que mi tío llegó a vivir 100 años y 2 meses”, comentó. Con una mueca envidié la suerte que tuvo.
Saliendo del sitio, llamé a mi esposa para comentar la noticia y a mi madre para saber cómo estaba. Había que planear el viaje a La Libertad, mi segundo lugar natal después de Guayaquil, donde la familia de mi progenitora se formó... Allí, a pocos metros del mar donde pienso retirarme algún día.
Al día siguiente, emprendí el viaje. Noté que había llorado mucho menos que cuando perdí a mi mami Chabela, la esposa de mi abuelo, hacia exactamente 15 años y 2 días. No hallé explicación para mi pasividad.
Me dediqué a rebuscar en el baúl de mi memoria la primera enseñanza de mi abuelo, la primera de muchas... Y la primera fue precisamente esa, la de saber mantener la calma en un momento difícil. En una de las tantas caminatas en la playa del “Batallón Hormiga” -como mi papi Marcos llamó al grupo de nietos-, quien les narra fue arrastrado por una ola hacia una pequeña poza de agua salada. Empecé a patalear del susto, yo, una criatura de 7 años. Mi abuelo me pedía calma, yo no lo escuchaba hasta que gritó “¡Carajo, que te calmes!”. Yo me quedé paralizado, era la primera vez que me gritaba y con lisura incluida... Pero sirvió pues en el sosiego me di cuenta que podía flotar sin problemas y, siguiendo las directrices de mi abuelo, pude superar la situación nadando.
Tras casi dos horas y media de viaje, finalmente llegué a la casa de mi tía Noralma, la menor de las hijas de mi abuelo y quien lo acogió en sus últimos días. Saludo a todos, abrazando con más fuerza a mis tíos. Todo parecía eterno antes de ver el féretro.
Cuando llego hasta él, lo miro brevemente... No quería que prevaleciera el recuerdo de un cuerpo inerte sino el de la persona que luchó hasta su hora final, el hombre justo, el padre sabio, el abuelo carismático... El ser que deja una estela de valores que encantó a cientos, puede que a miles.
Entonces localizo a mi madre, a la que abrazo por más tiempo. Me presenta a sus amigos con la frase típica: “Es mi hijo, trabaja en El Telégrafo”... Ella, mi mejor asesora de imagen y relacionista pública.
Continuo mi camino hasta sentarme en un jardín. Aunque planeé sentarme a contar las horas en medio de mangueros y ciruelos hasta partir para el cementerio, di vueltas por la casa de mi tía hasta encontrar a mis hermanos y conversar con ellos como pocas veces, recordando anécdotas del papi Marcos.
Casi una hora antes de la partida, se realizó un culto evangélico para dar gracias porque mi abuelo había decidido 'entregar su vida al Señor' antes de morir. Mis tíos: Marina, Noralma y Marcos, en ese orden, dedicaron unas palabras a la memoria de su padre. Mi tío Marcos dio un discurso muy emotivo y aunque se había propuesto no llorar, su voz se quebró desde el inicio por la tristeza.
Recordó varias frases de su progenitor... De hecho, las estaba compilando para la ocasión. Yo le compartí una que se grabó en mármol dentro de mi memoria, en 1997: "Acudes al poder de los golpes cuando has perdido poder en tus palabras". 

Es una máxima que procuro aplicar cada día de mi vida, defender mis argumentos desde la lengua y no los puños.

lunes, 3 de abril de 2017

El país que hacemos

Ganó Lenin Moreno aquí en Babahoyo... ¿Eso es malo?”
La inquietud de mi pequeña, inteligente y perspicaz hija me dejó reflexionando desde anoche.
Ella no es ajena a la realidad nacional. Por rutina tenemos ver las noticias desde muy temprano antes de ir a la escuela y, por cuenta de ella, escucha a su mamá -mi esposa- conducir un espacio informativo radial.
Operativos policiales, enfrentamientos entre hinchas, problemas comunitarios... Ella podría conversar de esos temas.
Desde luego, mi hija ha tenido que ver los enfrentamientos verbales de conocidos personajes políticos, situación que ayer pareció alcanzar su punto más alto luego que las cifras del conteo oficial de las elecciones para Presidente del Ecuador no coincidieran con las de reconocidas encuestadoras.
Apenas se dieron los hechos, me tocó ver adoptar, a mis amigos, familiares y compañeros del oficio, conductas beligerantes, melancólicas y soberbias... Hasta incoherentes si tomo en cuenta la contradicción entre el discurso mesurado y el reaccionario, y el hecho de que se pongan a escoger publicaciones o noticias que defiendan su postura al mismo tiempo invisibilizan las que contradicen sus intereses.
No voy a negar que, a ratos, he estado inmerso en más de una de esas actitudes.
Entonces repaso la inquietud de mi pequeña y me pregunto: ¿Qué carajos estamos haciendo? ¿Qué clase de ejemplos les estamos dando a las nuevas generaciones? ¿Tenemos la certeza de que les enseñamos a defender nuestras creencias y no que les mostramos que nuestras verdades son las únicas que importan? ¿Que si consideramos que alguien está equivocado es más práctico menospreciar su error en lugar de respetar su opinión?
Desde que comenzó esto de la segunda vuelta electoral, hasta familiares se han alejado -o los he tenido que alejar- de mí. Llegaron a hacer bromas de mi oficio tildándome de sesgado e insultado a mis compañeros de trabajo.
Recientemente, también tenido que ver reproches porque alguien votó por Moreno, por Guillermo Lasso o, simplemente, se decidió por el nulo. Irresponsables, borregos, burros... Los epítetos no faltan.
¿Hasta este nivel de intolerancia hemos llegado? ¿Qué de provecho sacamos con armar equipos antagónicos incapaces de reconocer los logros contrarios?
Ahora toca ver el discurso de “Lenin no es mi Presidente”. Ok, no lo es... Pero será el Presidente de nuestro país y, nos guste o no, hay que vivir con eso de la manera más ética posible mientras seguimos con la ineludible tarea de construir nuestras vidas... Nuestro entorno.
Nunca ha sido culpa de los gobernantes lo que nos pasa, de nadie ajeno a nosotros. Somos nosotros los que debemos darnos prioridad, de respetar el criterio contrario... De dar un mejor ejemplo a las nuevas generaciones.
Somos lo que escogemos... Escojamos la paz. 

miércoles, 18 de enero de 2017

Querido David

Querido David.

Seguro estás preparándote para ir a La Libertad para pasar tus vacaciones con tus abuelos, tíos y primos. Un consejo, trata de estudiar las tablas del 7, 8 y 9. Si no las aprendes por tu cuenta, alguien en la escuela se encargará que las aprendas y no te va a gustar la metodología.
No estás para saber quién pero le gustas a alguien de tu grado... No lo adivinarás nunca y para cuando lo sepas, se irá muy lejos. Pero tranquilo, la volverás a ver en unos años y trata de disfrutar cada minuto del encuentro... porque será la última vez.
Que eso se convierta en una lección de vida. Aprovecha cada momento. No tomes las cosas a la ligera, si tienes la oportunidad de compartir con un ser amado, no lo deseches por una simple frivolidad... Como en el caso de las tablas, si no lo aprendes por las buenas, será por las malas.
Y hablando del aprendizaje, sé que rendir académicamente no te está resultando fácil y te inquieta. Te entiendo... ¿Cómo alguien que supo leer antes que escribir tiene notas tan bajas? ¿Por qué alguien que dedicó horas en las enciclopedias de la casa no siente ganas de conocer lo que enseñan los maestros?
Una tara difícil de superar. Ser autodidacta no basta y debes poner más atención así no quieras. Hazlo entretenido, relájate... pero más importante, no te distraigas por cualquier cosa.
Con el tiempo conocerás gente interesante, invaluable... e imperfecta. Algunos de ellos se alejarán, otros, de una u otra manera, permanecerán pendiente de ti y de lo que hagas. Sin embargo, mucho cuidado con ceder atribuciones en nombre de la amistad. No todos se merecen ese privilegio.
Eres muy propenso a ser confianzudo y dar demasiada confianza a quienes consideras tus amigos. Eso te traerá gratos y desagradables momentos. Mientras sigas valorando la lealtad, todo estará bien. Tendrás que escuchar opiniones de seres amados sobre quiénes deben permanecer en tu vida y en una que otra le atinarán. Sé paciente con eso, buscan protegerte pero que también entiendan que la decisión sobre quiénes quedan en tu círculo es solo tuya y de nadie más.
Sé que te interesa una compañera del grado. Tienes una facilidad para enamorarte que... bueno, qué te diré. Te vas a equivocar y mucho, desperdiciarás tiempo, sonrisas, lágrimas e incluso letras en seres que no lo merecen. Eso también te ayudará, tardarás bastante pero finalmente empezarás a valorar la inteligencia por sobre otras cualidades... Y te garantizo que finalmente encontrarás esa persona ideal para pasar el resto de tus días junto a ella.
Sobre eso, un consejo: Nosotros, los hombres, venimos mentalmente diseñados para dejar mucho atrás; las mujeres, no, guardan toda la información que el resto olvida. En consecuencia, trata de aplicar todos los consejos que te ha dado para que no lastimes a tu compañera de vida.
Dale tiempo, atiéndela, no dejes que otros se tomen atribuciones con ella y, por sobre todo, identifica lo que te es útil en tu relación...
No eres perfecto, nadie lo es y congeniar todos tus mundos será imposible. Eres muy complejo, David, tienes gustos por tantas cosas que difícilmente habrá alguien que te acolite todas ellas... Y espero que el resto también entienda esa complejidad tuya, que la acepte aunque discrepe.
Dicen que el amor todo lo puede, ojalá sea cierto... Por tu lado, solo encárgate de atender mejor a las personas que amas.

Un abrazo.
David

martes, 14 de junio de 2016

Sin etiquetas

"Un 'No Creyente' es aquella persona que independientemente de su Fe, razonamiento o sentimientos, ama a todas las religiones sin ofender a quienes las practican. Es respetuoso de todos sus ritos e incluso participa de ellos como uno mas del grupo". (Tomado de Internet)
Aunque me siento con un peso menos tras permitir que muchos conozcan de mi apostasía, no deja de llamarme la atención la reputación que los ateos tienen dentro de la sociedad, al punto que el concepto de 'no creyente' suena más conciliador.
'No creyente', según uno de tantos conceptos que he leído, puede incluir a los ateos, agnósticos y deístas. Todos tienen algo en común: No creen en ninguna de las religiones.
Al rechazar que existen dioses, tomé la decisión de obtener mayor control de mi vida sin depender más que de mí mismo. No veo porqué eso deba implicar la burla o rechazo a todo lo que tenga que ver con deidades.
De igual forma, no veo porqué a los creyentes les resulta tan malo que alguien decida no aceptar la presencia de su dios (llámese Yavé o Jehová). A tal grado que la primera reacción ante una apostasía sea explayarse en versículos bíblicos.
Recientemente, tuve la oportunidad de revelar mi condición filosófica a una religiosa. De entrada decidí exponerme usando la etiqueta de 'ateo' aunque públicamente he rechazado llevar tal rótulo sobre la frente.
Sin embargo, tampoco estoy convencido del 'no creyente' para definir mi postura. Lo mío es el ánimo de tolerancia y respeto hacia los criterios que no coincidan con mi filosofía de vida... No amor hacia las religiones.
Admito que exponerme ante un grupo de personas por una pregunta capciosa fue algo que me tomó por sorpresa y escogí lo primero que vino a mi mente: Soy ateo.
Siempre he creido en la espontaneidad, más aún dentro de las respuestas porque implica un mayor grado de sinceridad que cuando te pones a escoger cual sería la mejor contestación.
Pero percibo tanto facilismo dentro del ateísmo... tanta intransigencia, tanto desdén... Tanto negativismo.
Mas parece que soy eso: un no creyente ateo... Si más fácil le resulta a la sociedad decirme ateo, no tengo problema con eso.
Tomé mis decisiones, no creo que sea fácil encasillarlas. Si pueden conceptualizarlas, son libres de intentarlo aunque prefiero irme tal cual llegué a este mundo... desnudo y sin etiquetas.

viernes, 6 de mayo de 2016

A la opinión Feisbuquera

(Prometo utilizar las palabras más amables que se me ocurran)
Noté con una mezcla de sorpresa, tristeza y enojo la conmoción que causó en las últimas horas un reciente comentario mío citando mi ateísmo.
Lo cuestionable no es que se hayan sorprendido sino que, en contados casos, ha parecido inverosímil, extraño, "malo" y hasta inaceptable.
Y en ese torbellino de opiniones también tuve que manifestar mi enojo contra la persona que menos se lo merecía: mi esposa. Ella, quien aprendió en el seno familiar que se puede convivir con creencias y no creencias.
No voy a ocultar ni disculparme por lo que hice porque bien justificado y realizado está, todo ocurre con un objetivo y esta situación no fue la excepción.
Sin embargo, quiero dejar sentada una inquietud. ¿Tan desubicado resulta que yo elija conocer y creer lo que yo quiera?
Mi afán es ese: conocer, sentir, vivir sin más límites que los que yo establezca.
No tengo interés en llevar más etiquetas que mis apellidos y mi afinidad con Emelec. Si por default tengo que convivir con la de ateo, la acepto, pero honestamente ni esa me interesa porque tal como se lleva esa condición, donde la mayoría de sus adherentes degradan la opinión ajena, me resulta vacía.
Es evidente también que muchos tienen problemas de tolerancia con los criterios contrarios y conflictivos con sus causas ideológicas. Quieren percibir las cosas así, por mí bien, cada quien con su código de felicidad, moral y ética.
Por mi lado, seguiré siendo el de siempre, el que le gusta leer -aún los libros teológicos y cristianos-, el amigo leal, el compañero solidario, el emelecista cuasifanático, el hermano amoroso, el primo chistoso, el sobrino que "defiende lo indefendible", el hijo "inteligente pero necio"...
...El esposo y padre.
Mientras mi ciclo biológico y las circunstancias así lo permitan.

miércoles, 20 de abril de 2016

Tiempo de reconstruir

A estas alturas, no recuerdo qué película estaría viendo a las 19:30 del sábado 16 de abril pero tendría que haber sido demasiado buena como para pretender ignorar el movimiento oscilatario que de repente empecé a percibir en la habitación donde me encontraba, en la casa de mi suegra en Babahoyo.
Nuestro país, el de la zona volcánica, el de las placas tectónicas... "Es un temblor más que ya mismo pasará", pensé. Pero no, no desapareció en el lapso que esperaba. De hecho, incrementó su intensidad a tal punto que no me permitió moverme con facilidad en el momento en que decidí buscar algún lugar seguro que segundos antes preferí ignorar.
Mientras bajaba las escaleras, un apagón repentino incrementó mis temores. El sismo no paraba, ni siquiera bajaba su magnitud.
Una vez en planta baja, vi a la gente asustada en la calle. Pregunté a mi cuñada por mi esposa e hija y resultó que minutos antes habían salido de compras a un supermercado. El pánico comenzaba a apoderarse de mi ánimo.
Finalmente, el temblor se detuvo. Algunos motociclistas encendieron las luces de sus vehículos para alumbrar la calle. Los propietarios de negocios optaron por cerrar sus locales. Un improvisado estado de sitio se apoderó del corazón comercial de la capital riosense.
No mucho después aparecieron mi esposa y mi hija. Abracé a mi pequeña. Le decía que ya lo peor había pasado... ignorando aún las consecuencias del suceso.
Luego mi celular empezó a timbrar. A cada segundo, algún mensaje de Whatsapp daba detalles de lo ocurrido. Me cercioré que mis seres queridos estaban bien aunque recién pude estar tranquilo dos horas después cuando todos se reportaron.
Han pasado casi cinco días de los sucesos. La tristeza y la impotencia son sentimientos que no terminan de disiparse.
Cantones de las provincias de Esmeraldas, Manabí, Santo Domingo, Los Ríos y Guayas resultaron afectados. Poblaciones de riqueza histórica, turística y cultural quedaron reducidas a escombros. Los muertos se contabilizan por cientos; los damnificados, por miles.
Sin embargo, pese a todo reconforta la movilización masiva para entregar ayuda. No hay una sola persona, entre mis amigos y familiares, que no haya aportado. Se organizan, canalizan alimentos, medicinas y agua, informan sobre lo que se requiere para apoyar... La logística desplegada no deja de impresionarme.
Desde mi sencillo escritorio, hago mi parte, compartiendo información útil. De momento, tan solo puedo seguir con mi trabajo.
Lo peor ya pasó. Es hora de reconstruir.

viernes, 8 de enero de 2016

Pasiones históricas

Comenzó la década de 1930 y Guayaquil no era la misma. Eran los primeros años de existencia de aficiones y empatías que no tardarían mucho en teñir a la ciudad en dos colores ajenos a su bandera pero que ya estaban plasmados en el tricolor patrio.
En principio la pasión estaba dormida. No había razón aún para el cruce intransigente de argumentos de los hinchas defensores de dos equipos nacidos entre los astilleros. Pero bastó el primer encuentro para encaminar las simpatías y antipatías de miles de guayaquileños... de millones de ecuatorianos.
Entre los rivales, el que nació primero terminó siendo el más popular, no solo de su lugar natal sino del país. Dio la primera estocada con un 4-3 y enseguida enamoró a muchos. Era el equipo del pueblo, el de poco presupuesto que ganaba a quienes llegaban con mejores facilidades económicas.
El equipo más joven en antigüedad perdió el primer encuentro, cierto, pero ganó aquellos en los que su rival estaba obligado más que ningún otro a ganar. Dejar que la visita haga vuelta olímpica en la nueva casa y perder una final inédita son cosas que el hermano mayor difícilmente olvidará.
Ya para finales de la década de 1940, la rivalidad tenía nombre y apellido: Clásico del Astillero. Las pasiones trascendieron a Guayaquil a tal punto que no dejaron rincón en el país sin hablar, sin pensar en amarillo y azul.
Se gestan los logros, los hitos, las leyendas y los nombres que sustentan las razones para seguir a uno de los equipos. Los argumentos no faltan para sostener hasta la última gota de la garganta que el equipo que se ama es mejor que el otro.
Que uno consiguió la Hazaña de la Plata, las finales de copa Libertadores y que aún es el mayor monarca con 14 coronas nacionales. Que 'Pajarito' Cantos, 'El artista' Ephanor, 'Mormón' Montanero, 'El Frentón' Muñoz, 'Kitu' Díaz, Chuchuca, Luciano Macías, Lecaro, Trobbiani y Uquillas crearon las mejores historias.
Mientras que los otros sostienen que son el Primer Campeón Nacional, con más goleadas al rival de barrio y mejor ubicado en ranking internacionales. Que el 'Tano' Liciardi, 'El Flaco' Raffo, 'Cuchillo' Fernández, 'Spiderman' Tenorio, 'Nine' Kaviedes, Mina, Beninca, Capurro, Juárez y Bolaños son únicos e irrepetibles.
Lo cierto es que cualquier cancha es chica para contener sus batallas. Sea dentro o fuera del país, en cada contienda se sueña, se espera y se teme a ese gol que provoca la euforia de unos y la desesperación de otros.
Cada partido olvida qué tan herido o crecido llega el contrincante. No importa si eres Vicecampeón de América, si eres candidato fijo a la corona, si juegas con suplentes o si tienes al goleador del campeonato en tu plantilla...
En un Clásico del Astillero, las excusas no están permitidas.